CAPÍTULO 44
Comienzo · continuación 44
LUCRECIA
En ninguna situación será el Conde de Albrit un extraño para mí. Nell y Dolly vendrán conmigo a verle... en la temporadita de verano... y usted, como ahora, a las dos las querrá por igual... por igual. Esa es condición indispensable para la concordia de nuestras almas, de que usted me hablaba. Dejemos el misterio allá, ante Dios que lo ve, y atengámonos a la realidad... convencional, a la realidad de la ley.
EL CONDE, ~con arranque~.
No... ¡Maldita sea la ley...! La Naturaleza...
LUCRECIA
¡La Naturaleza, no... la ley!
EL CONDE, ~encrespándose~.
No, no. Abomino de una ley infame. Quiero a mi nieta; me pertenece, la reclamo, y usted me la dará.
LUCRECIA
A mí me pertenecen las dos: las he llevado en mi seno.
EL CONDE, ~con desesperación, clavándose en el cráneo los dedos de ambas manos~.
¡Triste de mí! Lucho con la ley, lucho con la madre... contienda imposible...
LUCRECIA, ~con tesón, levantándose~.
Y ni como madre, ni como tutora, puedo acceder a lo que mi padre político pretende.
EL CONDE
¿Será usted capaz de rechazar mi proposición, de desairarme, de negar lo que pide el infortunado Albrit?
LUCRECIA
Con grandísima pena me veo precisada a negarlo. Mis hijas son mis hijas. A ellas les conviene el calor maternal, y a mí el cariño y la presencia continua de entrambas para vivir en paz con Dios, y asegurarme la rectitud de mi alma. La una es mi deber, la otra mi error. Mi conciencia necesita los dos testigos, las dos presencias, para que yo pueda tener siempre entre mis brazos, sobre mi corazón, mis buenas y mis malas acciones.
EL CONDE, ~atribulado~.
Y entre mis brazos y en mi corazón, la soledad, el horrible vacío. ~(Levantándose, altanero.)~ No, no, Lucrecia, no me conformo... Por Dios, no me lance usted a la desesperación.
LUCRECIA
Sea usted razonable.
EL CONDE, ~suplicante~.
Sea usted generosa.
LUCRECIA
Soy madre...
EL CONDE, ~exaltándose~.
Soy abuelo, soy viejo... Necesito familia, amor.
LUCRECIA
En mí y en mis hijas lo tendrá. ~(Con una idea feliz.)~ Última palabra: véngase usted con nosotras.
EL CONDE
¡Con usted... con las dos! ¡Nunca!
LUCRECIA
¡Loca obstinación!
EL CONDE, ~brioso~.
Entereza, sentimiento del honor.
LUCRECIA
Demencia.
EL CONDE
Si es demencia, maldita sea la razón.
LUCRECIA
Yo arreglaré la vida de usted... yo...
EL CONDE, ~inflexible~.
Sin lo que pido, sin mi nieta, no quiero nada.
LUCRECIA
No tardará el viejo Albrit en renegar de esa independencia, impropia de su edad y de su situación. Acójase a mí, o su vejez será muy triste.
EL CONDE
Nada me arredra... nada temo. Lo mismo me importa la vida que la muerte. ~(Implorando.)~ Lucrecia, por última vez...
LUCRECIA
No insista usted... Se cansa en vano...
EL CONDE
Bien: no diré nada más. Ni está en mi carácter extremar la súplica... Lucrecia, adiós para siempre.
LUCRECIA
Eso es locura.
EL CONDE, ~trémulo, balbuciente~.
Sí, sí... y los locos pacíficos... cuando no se les da lo que piden, hacen lo que yo... se van. Mas no saldré sin decir a usted que no veo, que no toco el cambio moral que debía ser resultado de su arrepentimiento. No. Lucrecia Richmond es siempre la misma... Confesada y sin confesar, la misma siempre... No creo que la haya perdonado Dios... ¡No la ha perdonado, no la ha perdonado, no, no!...
~(Sale con vivísima agitación. Se siente su paso inseguro por la escalera. Baja agarrándose al pasamanos. Lucrecia, muy agitada, cae en el sofá llorosa. Acuden presurosos a ella Monedero y su esposa.)~
ESCENA IX
~LUCRECIA, EL ALCALDE, LA ALCALDESA; después NELL~
EL ALCALDE
¿No lo decía yo? ¿Ha sacado la zarpa?... Si estoy por bajar, y aplacarle un poquito los humos.
LUCRECIA
No, no... ¡Pobre viejo!... Es muy sensible que no pueda yo acceder a lo que pretende. Dejarle. ~(Atendiendo al ruido de los pasos.)~ ¿Se caerá en la escalera? Vicenta, mande usted que le acompañe alguien. ~(Sale la Alcaldesa a dar órdenes.)~
EL ALCALDE
De veras, ¿no se ha desmandado?
LUCRECIA
No... Debemos compadecerle, cuidar de él con todo el cariño del mundo.
LA ALCALDESA, ~que ha visto alejarse al Conde~.
El pobrecito llora... Parece que no puede tenerse en pie. Pero se resiste a que le acompañe un criado. Quiere andar solo.
LUCRECIA
Solo... ¡Qué dolor! ¡Triste ancianidad!... ~(Sintiendo perturbado su espíritu.)~ ¡Oh, Dios mío! ¿dónde está la paz que diste a mi alma? Ese hombre me la quitó... Es el agitador de mi conciencia... ¡Otra vez el tumulto en mi mente... otra vez la ansiedad, el temor, la duda!... ~(Consternada, alza los brazos, echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos.)~
LA ALCALDESA
¿Otra vez mal, amiga mía?
EL ALCALDE
Que venga el médico.
LA ALCALDESA
Al instante.
LUCRECIA
Los dos... Que vengan los dos médicos. Quiero ver al Prior... Que vuelva.
EL ALCALDE, ~oficiosamente~.
Mandar recado a la Rectoral: allí estará.
LUCRECIA, ~agitadísima~.
Sí... yo no quiero ser mala; no quiero padecer... quiero curarme. Se renueva la herida. Meteré la mano en ella, y si duele, que duela; y si con el dolor se me acaba la vida, que se acabe. ¿Dónde está mi hija? Nell, alma mía. ~(Entra Nell y se arroja en sus brazos llorando.)~ Ven, abrázame. ¿Verdad que no te separarás de mí, que no quieres separarte de mí?
NELL, ~con emoción infantil~.
Nunca, nunca.
ESCENA X
~Calle de Potestad, callejón del Cristo. Anochece.~
~EL CONDE, que avanza con lentitud, vacilante, tentando las paredes; después D. PÍO.~
EL CONDE
Ya lo veo, ya lo veo; es lo único que veis, ojos míos... que estoy de más en el mundo. ¡Pobre Albrit, tu vida termina...! «Imposible, ha dicho esa mujer, imposible...» Y ese imposible cierra todo espacio a la esperanza... Ya no hay esperanza... Vida, te acabaste; alma, vete de aquí... El monstruo me ha negado mi consuelo, me roba el único bien de mi triste vejez... Señor, Dios mío, ¿qué delito he cometido para caerme en este abismo de desolación?... ¡No poder estrechar entre mis brazos a mi hija, a mi Dolly, retoño preciosísimo de mi raza, flor nueva de una familia que no debe extinguirse!... ¡Y se la lleva... se las lleva a las dos, quizás para envilecerlas!... Porque no creo en su arrepentimiento, no. Se siente abrumada por las terribles consecuencias de sus pecados... le duele el mal... y cuando el pecado duele, el pecador llora... Sus clamores quieren decir dolor, opresión, empacho del vicio; mas no quieren decir arrepentimiento. Cuando el glotón se indigesta, maldice la comida; pero pasa el mal, y vuelve a comer... No creo en tu enmienda, diablo harto de carne, ni creo que te haya perdonado Dios... No, a Dios no le engañas... ni tampoco al viejo Albrit... ¿Verdad, Señor, que no la has perdonado? ~(Detiénese bajo un farol, y vuelve los ojos al cielo.)~
D. PÍO, ~parado en la acera de enfrente, contemplándole~.
¡Albrit!
EL CONDE
¿Quién me llama? Conozco esa voz; es voz familiar.
D. PÍO, ~acercándose~.
Soy Coronado, tu amigo... quiero decir, el amigo de usía. ~(Le abraza.)~
EL CONDE
¡Ah! mi único amigo quizás... Ven, acompáñame. ¿En dónde estamos? Mi Jerusa también se vuelve contra mí, y me trastorna con el cariz nuevo de sus calles reformadas.
D. PÍO, ~guiándole~.
Por aquí. Si va usía a la Pardina, entremos por el callejón del Cristo.
EL CONDE
No sé a dónde voy... ¿Es de noche ya?
D. PÍO
Sí, señor. Júpiter está encendiendo los faroles.
EL CONDE
¿Quién es Júpiter?
D. PÍO
El farolero, señor. Se llama Jove, Pepe Jove, y yo por broma le llamo Júpiter, aunque más le cuadraría Baco, porque es el primer borracho de Jerusa.
EL CONDE, ~abismado en sus reflexiones~.
¡Noche triste, más triste que aquella en que nos reunimos en el Páramo! No hay humano juicio que pueda discernir esta noche cuál de los dos es más desgraciado.
D. PÍO
¡Ah, señor! ahora y siempre, Coronado se lleva la palma. Y lo comprendería el señor Conde, si ver pudiera las magulladuras y cardenales de mi cara, donde esas condenadas han escrito esta tarde, con sus uñas, la maldad de sus corazones.
EL CONDE
¿Qué me dices?
D. PÍO
Me han insultado, clavándome sus garras en el rostro; me han herido en la cabeza con una palmatoria... me han tenido todo el día sin comer. Gracias que en casa de un amigo me dieron estos pedazos de pan...
EL CONDE
¿Y no las matas? Si malo es ser bueno, peor es no ser hombre.
D. PÍO, ~con desprecio de sí mismo~.
Albrit amigo, yo no soy hombre... yo no sé lo que soy.