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El abueloBenito Pérez Galdós

CAPÍTULO 43

Comienzo · continuación 43

LA ALCALDESA

Hija, si llego yo a sospechar esto, cualquier día le dejo pasar.

LUCRECIA, ~tranquilizándoles~.

No; si es mejor así. Se me ha resuelto un absceso; me he sacado una muela, que me dolía horriblemente.

EL ALCALDE

Pues digo, lo que le espera a usted ahora, mi querida Lucrecia.

LA ALCALDESA

¡Ah! el león... Hija mía, no he podido evitarlo... ¿Qué había de decirle?

EL ALCALDE

Pues muy claro: que llamara a otra puerta. ¡Ah! si soy yo quien le recibe...

LUCRECIA, ~sorprendiendo a todos con su inesperada serenidad y alegría~.

¿Queréis que os diga la verdad? Pues mi ilustre suegro, que me inspiraba un pavor horrible, ya no... Es raro... Vamos, que ya no le temo.

NELL, ~entrando a la carrera~.

Mamita, por más que le digo al abuelo que mañana, insiste en que ha de verte hoy.

LUCRECIA

Hoy, sí...

LA ALCALDESA

¿Le digo que...?

LUCRECIA, a Nell.

Ve tú, hija, y suéltame al león. ~(Sale Nell gozosa, y se precipita por la escalera.)~

EL ALCALDE

Nos pondremos todos en guardia detrás de esa puerta, ¡trómpolis! y en cuanto oigamos el menor rugido...

LUCRECIA, ~con locuacidad nerviosa~.

No es necesario... ¿No me ven tan tranquila? Me siento ahora muy bien, despejada, casi alegre, y con ganas de ver a mi papá político, y de pasarle la mano por la melena... Es que mi espíritu se ha refrescado, soy otra... aire nuevo en mí. ~(Óyese el tardo paso de Albrit en la escalera, y la vibrante voz de Nell.~) El león sube. ¡Pobre viejo!... Ya, ya está aquí... Ya llega... Déjenme sola con él.

EL ALCALDE

Por aquí.

~(Vanse por la puerta de la alcoba.)~

ESCENA VIII

~LUCRECIA, EL CONDE~

EL CONDE

Siento infinito molestar a una persona que, según me dicen, no está bien de salud.

LUCRECIA, ~que permanece en pie~.

Me siento mejor. Tome usted asiento.

EL CONDE

¿Y usted en pie?

LUCRECIA, ~un tanto cohibida~.

Como por encanto se me ha quitado la pereza. Ya sabe usted que estos arrechuchos nerviosos... la epidemia de las señoras... de improviso nos acometen y de improviso también se nos pasan.

EL CONDE, ~suspicaz~.

Lo celebro mucho.

LUCRECIA

Enfermamos como heridas del rayo, y basta una vibración del aire para ponernos buenas. De la espantosa crisis solo me queda cierta alegría interna, y un deseo ardientísimo, irresistible...

EL CONDE, ~suspenso~.

¿Qué...?

LUCRECIA

El deseo de besarle a usted la mano... ~(Se arrodilla y le besa la mano una y otra vez)~ y de pedirle perdón por las injurias que en aquel día triste le dirigí.

EL CONDE, ~queriendo levantarla~.

Lucrecia... ¿qué es esto?... ~(Por un momento cree que es burla; pero no tarda en advertir la sincera emoción de la dama.)~

LUCRECIA

Mi única pena es que usted sospechará quizás... que le engaño.

EL CONDE

No, no; creo que es verdad...

LUCRECIA, ~que se levanta, enjugando sus lágrimas~.

Necesito explicar a usted cómo ha venido esta crisis... sacudimiento moral, revolución de todo mi ser... ~(Se sienta. Su lenguaje es cortado, febril.)~ Los temblores de tierra trastornan el suelo... Una catástrofe horrible en mis sentimientos me ha trastornado a mí, me ha hecho morir y revivir en menos de dos días... ¿Es esto nuevo? Yo creo que no. Ha ocurrido mil veces... Fácilmente lo comprenderá usted... Un desengaño de los que anonadan... la perfidia de un hombre... tempestades del alma que todo lo destruyen y todo lo iluminan. Mi dolor ha sido como un incendio entre las ruinas... He visto mi conciencia... la he visto. Ya sé que no debo ser la que he sido, y estoy decidida a ser otra.

EL CONDE

¡Bendito desengaño, bendita convulsión del alma, que trae el arrepentimiento!

LUCRECIA

Pero el arrepentimiento, lo reconozco, necesita probarse. Por eso digo: «Espere usted y verá...»

EL CONDE, ~gozoso~.

Pues lo veremos... y pronto... Si el arrepentimiento es verdad, nos lo dirán los hechos.

LUCRECIA

Y aguardando confiada los hechos, he querido dar a mi enmienda una sanción soberana, una garantía que asegure mi convicción y la de los demás. ~(Pausa.)~ Hoy he confesado con el Padre Maroto.

EL CONDE, ~gratamente sorprendido~.

¡Ah!... ya me dijo la niña que estuvo aquí el Prior... Mas no sospeché...

LUCRECIA

No tenía sosiego, no podía vivir mientras no descargara mi alma de la horrible balumba... ¡Qué alivio, qué consuelo!

EL CONDE

Me da usted una grande alegría... Por de pronto, ¡qué situación tan distinta de aquella... la última vez que hablamos en la Pardina!

LUCRECIA

En efecto, yo he variado radicalmente.

EL CONDE

Yo también.

LUCRECIA

¿Usted? ¡Ah! sí, se ha despejado su razón, y ya no piensa en hacerme las terribles preguntas que en aquella conferencia me hizo.

EL CONDE

Mi razón no ha estado nunca turbada. ¿Y por qué no había de repetir yo en esta ocasión la pregunta que usted llama terrible? Ya no lo es. Su estado de conciencia facilita la respuesta, que sería la confirmación de lo que sospecho, de lo que sé... porque al fin, Lucrecia, he podido descubrir...

LUCRECIA, ~con serena frialdad~.

Hoy no puedo incomodarme, señor Conde. No abuse usted de que estoy desarmada...

EL CONDE

Incomodarse... ¿por qué?

LUCRECIA

Porque viene usted a remover en mi corazón heces muy amargas, a trastornar de nuevo mi espíritu, queriendo penetrar los misterios más profundos del alma y de la Naturaleza... Eso, señor mío, eso que aun de nosotras mismas quisiéramos recatar, porque el pensarlo solo nos avergüenza, eso, a que no doy nombre, porque si lo tiene yo lo ignoro... ~(con solemnidad)~ ya lo he dicho a Dios, único a quien debo decirlo... Y crea usted que, para expresarlo, he tenido que violentar mi voluntad de un modo espantoso. Todo el que no sea Dios es un extraño, es un profano, sin derecho ninguno a recibir declaración tan grave. Ni una palabra más. ~(Pausa.)~

EL CONDE, ~gravemente~.

Sea. Ni una palabra más. Reconozco la extremada delicadeza del asunto, y no puedo menos de respetar el sosiego reparador en que hoy se halla su espíritu. No insisto. Ni es justo que la martirice exigiéndole una manifestación dolorosa, toda vez que lo que usted había de decirme... ya lo sé.

LUCRECIA, ~desconcertada~.

¡Que lo sabe!

EL CONDE

Sí.

~(Pausa. Ambos se miran.)~

LUCRECIA

Pues si lo sabe, es más generoso no preguntármelo.

EL CONDE, ~muy tranquilo~.

Es verdad. A generoso no me gana nadie. Ahora conviene que haga usted alarde de hidalguía, Lucrecia. Si le satisface que crea yo en su arrepentimiento, empiece usted por ser magnánima, aceptando la proposición que voy a hacerle.

LUCRECIA

¡Proposición!

EL CONDE

No he venido a otra cosa. Su conformidad con mi deseo establecerá la concordia inalterable de nuestras almas... En suma, quiero que partamos el bien que Dios nos ha dado: las niñas. Una para usted, la otra para mí.

LUCRECIA, ~con profunda intención, que disimula~.

¡Para usted!... ~(Pausa.)~ ¿Cuál?

EL CONDE

Acceda usted a la partición, y después escogeré. ¿A las dos las quiere usted lo mismo?

LUCRECIA

Lo mismo: son mis hijas.

EL CONDE

Yo no puedo decir lo propio: las dos no son mis nietas.

LUCRECIA, ~con temor~.

Otra vez la tremenda interrogación.

EL CONDE

Otra vez, y siempre... Llévese usted a una de las dos, y déjeme a mí la otra, la que yo quiera.

LUCRECIA

¡Dejarla aquí, en poder de usted, y sola con usted! Señor Conde de Albrit, eso es imposible. Además, me hace falta el amor de mis hijas.

EL CONDE, ~fríamente~.

Y a mí el de mi nieta. Tengo derecho a ese consuelo.

LUCRECIA

Hoy es indispensable que las dos estén a mi lado, por muchas razones. No solo debo atender a su porvenir, sino a la salud de mi alma, a mi corrección, en una palabra. Como las plantas necesitan aire y luz, yo necesito el cariño de esas dos criaturas, que fundiré en un solo cariño.

EL CONDE, ~vivamente~.

No son iguales para usted.

LUCRECIA, ~con firmeza~.

Lo son... Otra vez clava usted los ojos de su alma en lo que para usted será siempre tremendo enigma... Son iguales, y si no lo fuesen, yo haré que lo sean. Por nada de este mundo me separo de ellas.

EL CONDE, ~con desconsuelo~.

¿Y yo...?

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Un respiro entre páginas.

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