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El abueloBenito Pérez Galdós

CAPÍTULO 42

Comienzo · continuación 42

~LA ALCALDESA; EL CONDE, que acaba de entrar; después NELL.~

LA ALCALDESA, ~aturdida~.

Ya me figuro, señor Conde de Albrit, a qué debo el honor de verle en mi casa.

EL CONDE

Deseo hablar con Lucrecia. Y no sé con qué palabras solicitar de usted la benevolencia que necesito por esta libertad, por esta osadía de mal gusto con que llego a su casa.

LA ALCALDESA

¡Oh, señor Conde...!

EL CONDE

Es que su esposo de usted y yo no hacemos buenas migas. Anoche hemos cruzado algunas palabras un tanto mordaces... Si el Sr. Monedero me arroja de su casa, lo llevaré con paciencia... ~(La Alcaldesa, sin saber qué decir, hace con ojos y boca diferentes muecas y monerías.)~ Ya no me importa. En el conflicto en que me veo, la dignidad, ¿qué digo dignidad? la vergüenza, no significa nada para mí. Voy derecho a mi objeto con cara insensible, y mi objeto es...

LA ALCALDESA, ~recobrando su aplomo~.

Ver a Lucrecia, sí.

EL CONDE

Y me atrevo a rogar a usted que haga comprender a su amiga que solo me mueve a molestarla la necesidad imprescindible de tratar con ella, sin recriminaciones, un grave asunto de familia.

LA ALCALDESA

Yo se lo diré. No dude usted que hablaré a mi amiga con vivo interés.

EL CONDE

Gracias, millones de gracias, señora mía. Carmelo quedó en proporcionarme la entrevista; mas sin duda sus ocupaciones se lo han impedido. Cansado de esperarle, deshecho, ardiendo en impaciencia, no he podido refrenar mi temperamento ejecutivo, y arrostrando el disgusto del señor Alcalde, aquí me tiene usted...

LA ALCALDESA, ~decidida a emplear un lenguaje extremadamente fino~.

Abrigo la esperanza de ser afortunada en la misión que usted me confía. Pero no puedo evitar al señor Conde la molestia de esperar un ratito, porque Lucrecia, que ha venido malísima, en un estado nervioso imposible, ¡ay qué pena! ha podido al fin conciliar el sueño. La verdad, no me atrevo a despertarla.

EL CONDE, ~alardeando de paciencia~.

Aguardaré todo lo que usted quiera: tres días con sus noches, si fuere preciso. Para mí no es molestia esperar. Si para usted no lo es tener a este pobre viejo en su casa, aquí me estoy, sentadito, hasta que mi ilustre nuera se digne mejorar de sus nervios, y acuerde recibirme.

NELL, ~entrando con timidez~.

Abuelito, hasta ahora no me habían dicho que estabas aquí.

EL CONDE, ~besándola~.

Hija mía, vengo a ver a tu mamá.

NELL

¡Oh, cuánto sufre la pobre! Yo te ruego que no hables con ella más que un ratito. Y si pudieras dejar la conversación para mañana, mejor.

EL CONDE

Mañana... ¡ah! estoy muy viejo. Los viejos no pueden esperar tanto.

NELL

Lo he dicho pensando que sería lo mismo para ti. ~(El abuelo le da suavemente en la mejilla.)~ Porque mañana no estará mamá en disposición de que nos marchemos.

EL CONDE

¿Tienes prisa?

NELL

Ninguna. Lo que tengo es una penita de dejarte... ¡qué pena! Pero yo te aseguro, te doy mi palabra, ¿me crees?... de que siempre que podamos vendremos a verte.

EL CONDE, ~con profunda tristeza~.

¡Ojos que te vieron ir...!

LA ALCALDESA

En buena lógica, debemos suponer, y aun afirmar, que vendrán.

EL CONDE

¡Ah! Cuando os encontréis en ese mundo que ha de aprisionaros con sus mil atractivos y seducciones, no os acordaréis del viejo Albrit, a quien dejáis en Jerusa aposentado de limosna.

NELL, ~abrazándole~.

Papaíto de mi alma, no digas que te olvidamos, porque me enfadaré contigo. Ni yo ni Dolly podemos olvidarte. Las dos te queremos lo mismo. Te escribiremos cartitas, y tú a nosotras también, pidiéndonos lo que te haga falta. ¿Qué quieres, qué deseas?

EL CONDE

Por el momento, que despierte tu mamá.

NELL

¡Si está despierta! Apenas ha dormido veinte minutos.

LA ALCALDESA

Pues voy allá, oficiando de introductora de embajadores.

EL CONDE

Sí, señora, vaya usted... Se lo agradeceré toda mi vida. ~(Vase la Alcaldesa.)~

NELL, ~mirando al jardín~.

Desde esta mañana, tenemos aquí a ese cataplasma de Senén con la pretensión de que mamá le reciba.

EL CONDE

Por lo visto, hay cola. Senén y yo nos encontramos en igual situación de solicitantes de audiencia; pero como yo estoy en desgracia, pobre viejo que soy, y regañón insoportable, verás cómo tu madre atiende a ese lacayo antes que a mí. Tu abuelo será el último, lo verás... No me importa, no. Ya dijo nuestro Señor: «Los últimos serán los primeros.» Seamos humildes, aunque, la verdad, se necesita gran violencia y abnegación grande para ponerse en fila detrás de Senén. ~(Vuelve la Alcaldesa, y suplica al Conde que aguarde un ratito, pues antes recibirá Lucrecia a un postulante importuno.)~ ¿No te lo dije?

LA ALCALDESA

No: si es porque se vaya de una vez, y quitarnos de encima esa mosca.

EL CONDE

Bueno. Vaya delante la mosca. Luego pasará el moscardón... ~(Siente subir a Senén.)~ Ya sube ese hombre. Dios le dé lo que no tiene: la santa concisión.

~(Asómase a la puerta el Alcalde, que, como ha vuelto a ponerse las zapatillas, puede aproximarse sin hacer ruido. Contempla con burlona sonrisa al Conde.)~

ESCENA VI

~Gabinete alto en la misma casa.~

~LUCRECIA, recostada en un sofá con gatuna indolencia, sin corsé, suelto y en desorden el cabello. Su rostro desmejorado, y el centelleo insano de sus bellos ojos, son el rastro de la furiosa tempestad; SENÉN, que, respetuoso, permanece en la puerta.~

LUCRECIA, ~impaciente y altanera~.

Pasa y cierra... Pero no te acerques. Quédate ahí. Traerás, como siempre, tus endiablados perfumes.

SENÉN

Dispense la señora... He puesto mi ropa al aire...

LUCRECIA, ~desdeñosa~.

No te aproximes... ¿Qué quieres? Dímelo pronto. Ya ves qué mala estoy.

SENÉN, ~con falsa humildad~.

Ya debe suponer la señora que vengo a...

LUCRECIA

Aquello no ha podido ser.

SENÉN

Ya lo sé. Han nombrado a otro. Por eso digo que vengo a quejarme...

LUCRECIA, ~con acritud~.

¡A quejarte! ¿De qué? Pues eso me faltaba. ¿Crees que tengo yo en mi mano los destinos, las fianzas, y todo eso que ambicionas?

SENÉN, ~sacando las uñas~.

La señora no ha conseguido la fianza, que era lo principal, porque no ha querido. Teniendo la fianza, la plaza es lo de menos. Ya tenemos otra vacante de agente ejecutivo.

LUCRECIA

¿Y cómo había de conseguir yo la fianza?

SENÉN, ~tragando saliva~.

Ya, ya sé que al señorito Ricardo no podía pedírsela... No se enfade la señora: yo me pongo en lo razonable... A D. Ricardo no era posible... Pero con que la señora hubiera dicho al Duque de Utrech: «Señor Duque, quiero...»

LUCRECIA, ~interrumpiéndole~.

¿Pero de dónde sales tú? En ese mundo de tu ambición ridícula se pierde, por lo visto, toda noción de la realidad. Está bien: yo no tengo más que hacer que importunar a todos mis amigos, pidiendo fianzas para este gaznápiro.

SENÉN, ~escondiendo las uñas~.

Sí, ya sé... la señora no puede... ¡Qué le hemos de hacer! Es difícil... y además, ¿quién soy yo para que la señora se moleste por mí? No, no lo pretendo. Los servicios que he prestado a la Condesa de Laín, mi lealtad a toda prueba, ¿qué valen?

LUCRECIA, ~con arrogancia~.

Tus servicios bien pagados están. Ea, me canso ya de contemplaciones. Senén, no te debo nada.

SENÉN, ~erizando el pelo~.

Bueno... sea como la señora dice. Yo me callo. Eso he hecho yo toda mi vida, callarme; y de tanto callar, me veo tan atrasado en mi carrera... de tanto callar, sí, señora; y si quieren que lo pruebe, lo pruebo.

LUCRECIA

Tu silencio me importa ya tan poco, que no doy nada por él... No me tiene cuenta.

SENÉN, ~agachándose para dar el salto, los verdes ojuelos centelleando~.

Eso quiere decir que la señora en nada estima mi fidelidad, esta fidelidad de perro, que no tiene igual... y lo pruebo.

LUCRECIA

Lo que estás probando tú es mi paciencia.

SENÉN, ~acobardado nuevamente, sin atreverse más que a desenvainar las uñas de sus patas delanteras~.

No molesto más. Aunque la señora me da este pago, yo no le haré ningún perjuicio. Pero, en justicia, bien podría desquitarme. Como soy tan caballero, me he perjudicado por guardarle la consecuencia, por poner arrimos a su decoro, por custodiarle los secretos, por tapar la boca de todos los que hablaban de ella... lo que la señora no debiera oír... ~(En su cobardía, no hace más que enseñar los colmillos, y tirar levemente la zarpa.)~ Vamos, que ni por su madre haría ningún hombre lo que yo he hecho. De suerte que si la señora dice que no le importa...

LUCRECIA

No me importa. Vete pronto.

SENÉN

Pues bien puedo jurar que a mí me importa menos.

LUCRECIA

Bastante tiempo he sufrido a este animalucho siniestro, con sus garras clavadas en mí. Ya no más. Si no sales pronto, llamaré para que te arrojen a escobazos.

SENÉN

No alborote, no alborote, que es peor.

LUCRECIA, ~furiosa, tirando de la campanilla~.

¿Cómo que es peor? ¡Trasto, si no te vas...!

~(Entran precipitadamente una criada, la Alcaldesa, después el Alcalde.)~

SENÉN, ~turbado por la rabia~.

Si no digo nada; si yo... si es que...

LUCRECIA

Por favor, arrójenme de aquí a este hombre, y a su paso vayan echando ácido fénico.

EL ALCALDE, ~con un castañeteo de lengua, como el que se emplea para despedir a un perro~.

¡Eh... tú...!

SENÉN, ~al salir, todo uñas, bufando~.

Ácido fénico... Por donde ella vaya... hace más falta... y lo pruebo.

ESCENA VII

~LUCRECIA, EL ALCALDE, LA ALCALDESA, después NELL.~

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Un respiro entre páginas.

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