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El abueloBenito Pérez Galdós

CAPÍTULO 40

Comienzo · continuación 40

¿En qué quedamos?

EL CONDE, ~decidiéndose~.

En que vas. Pero te limitas a anunciarle que yo la visitaré hoy mismo para tratar con ella de un asunto de familia. Cosas tan delicadas no puedo fiarlas a nadie. _Tête à tête_ la pantera y el león, yo propondré...

EL CURA

Y puede que la convenza, sí, señor... Hay panteras razonables. ~(Se aparta y habla con Dolly.)~

EL MÉDICO, ~despidiéndose~.

Luego volveré. Supongo que seguirá usted en la Pardina.

EL CONDE

De ningún modo. No me faltará hospitalidad en cualquiera de las casas de labor, o de las cabañas que fueron mías. En Forbes, en Polan y Rocamor, todos mis antiguos colonos están deseando que el viejo Albrit llegue a su puerta, pidiéndoles un pedazo de pan y un albergue humilde. Verdad que en ninguna de estas casas hallaré las comodidades de la Pardina. Pero no me importa; prefiero guarecerme en la última choza de pastores, a soportar aquí la estolidez egoísta de estos ingratos. A otra parte con mis huesos. Iré de puerta en puerta, con la esperanza de encontrar un corazón noble, un alma cristiana...

EL CURA

Bueno; pues... ya vendré con la respuesta.

EL CONDE

Aquí te aguardo.

EL MÉDICO

Hasta luego.

EL CURA, ~aparte al Médico, retirándose ambos~.

Al fin, nuestra pobre fiera apencará con Zaratán.

EL MÉDICO

¡Si es lo mejor!

EL CURA

¡Lo único, señor, lo único! ~(Salen hablando.)~

DOLLY

Abuelito, tengo que decirte una cosa. Que te quiero mucho, mucho.

EL CONDE, ~con viva ternura, abrazándola~.

¡Corazón grande!

DOLLY

Y vas a saber otra cosa.

EL CONDE, ~poniendo el oído~.

¿Es también secreta?

DOLLY, ~amorosa~.

Sí, muy reservada... Que no se entere nadie. Quiero seguir tu suerte. Si pasas trabajos, yo también... Si vas de puerta en puerta, como dices, también yo... Yo contigo, siempre contigo.

EL CONDE, ~con intensa emoción~.

¡Señor, qué alegría!... ¡Compensación hermosa de mis infortunios! Todo lo que padecí, quebrantos de fortuna, humillaciones, pérdida de seres queridos, se contrapesa con este inmenso galardón de tu cariño, que Dios me da sin yo merecerlo... ~(Abrazándola y besándola con efusión.)~ ¿Pues qué merezco yo, que nada soy, que nada valgo ya?... Dios da la bienaventuranza en esta vida, ya lo veo... a mí me la da. No necesita uno morirse, no, para entrar en el cielo... ~(Pausa.)~

DOLLY

En la prosperidad o en la desgracia, abuelito, tu Dolly no te abandonará.

EL CONDE, ~con majestuosa solemnidad, levantándose~.

Y yo, por el nombre de Albrit, por los gloriosos emblemas de mi casa, por todos y cada uno de los varones insignes y de las santas mujeres que de ella salieron, asombro y orgullo de las generaciones; por la conciencia del honor y de la verdad que Dios puso en mi alma, por Dios mismo, juro que antes me harán pedazos que arrancar de mi lado a la que es luz, consuelo y gloria de mi vida.

ESCENA III

~Jardín del Alcalde.~

~EL ALCALDE, en zapatillas, con batín de vistosos cordones, como un húsar; LA ALCALDESA, EL CURA, SENÉN.~

EL CURA, ~que acaba de entrar~.

Aquí otra vez; mas ahora no vengo por mi cuenta. _Mensajero soy, amigo..._

EL ALCALDE

Ya, ya... Alguna nueva _leonada_.

LA ALCALDESA

¿Pero qué quiere ese hombre?

EL ALCALDE, ~en jarras~.

Ya me va cargando a mí ese fantasmón, que, después de todo, no es más que un desagradecido, pues bien podía mirar que, enchiquerándole en Zaratán, le dábamos más de lo que merece la polilla de sus pergaminos... Agradezca que da con un hombre de mi pasta... ~(No se refiere a la de sopa.)~

EL CURA

Amigo mío, hay que respetar las grandezas caídas.

EL ALCALDE

Pues digo... ¡los moños que se puso anoche, María Santísima!...

LA ALCALDESA

Hijo, como no somos aristócratas...

EL ALCALDE

Y hay más. Bien sabía el vejete que ayer celebrábamos tu fiesta _monástica_...

LA ALCALDESA

Onomástica.

EL ALCALDE

Y ni un recado de atención, ni una fineza... Pues digo, la niña segunda, esa Dolly, ha heredado el tupé y la caballería andante o cargante de todos los Albrites y Laínes del obscurantismo. ¿Pues no se me subió a las barbas la muy mocosa? ¡Si la hubieras oído, Vicenta!... Y todo ello cuando acabábamos de atracarla de dulces y de atenciones, aquí, en tu fiesta _numismática_.

LA ALCALDESA

Ono... mástica.

EL ALCALDE, ~bufando~.

Lo mismo da... Sacan ahora unas palabras que le vuelven a uno loco... Acabaremos por tener que hablar por señas.

EL CURA

Lo de anoche, mi querido Monedero, ha perdido su interés con la vuelta repentina de la Condesa en ese estado de tribulación que ustedes me pintaron esta mañana.

EL ALCALDE

Lo que digo a esta: menudo _jollín_ habrán armado en Verola los duques y marqueses...

EL CURA, ~a la Alcaldesa~.

¿Y no se espontanea con usted, no le cuenta...?

LA ALCALDESA

Ni una palabra.

EL ALCALDE

Este tunante de Senén debe de saber algo. Pero ahora, desde que ha dado en tener _bouquet_, como el vino de Burdeos, se nos ha vuelto tan reservadillo, que ni con saca-corchos se le destapa la boca. ~(Los tres miran hacia un cenador, cubierto de madreselvas, en cuyo interior está Senén, sentado, tristón, mirando al suelo.)~ Tú, funcionario, ven acá... o te voy a poner en mi jardín de estatua de la Hacienda pública esperando un ministro.

LA ALCALDESA

Desde las ocho de la mañana le tiene usted ahí, esperando audiencia de la que fue su ama.

SENÉN, ~destemplado, acercándose~.

Ya he dicho que no sé nada.

EL ALCALDE

No negarás que estuviste en Verola.

EL CURA

¿Qué personas de viso había en el castillo de Donesteve?

SENÉN

Anda, anda... ¿quién las puede contar?

EL ALCALDE

¿A que no faltaba el Marqués de Pescara?

SENÉN

Llegó el lunes, y con él los Duques de Utrech y sus hijos; y el martes otros, y otros...

EL CURA

¿Viste a la Condesa?

SENÉN

Sí, señor... Cuatro minutos nada más.

EL CURA

¿Qué cara tenía?

SENÉN

La de siempre: la bonita.

EL CURA, ~riendo~.

Pues si no nos das más noticias, debemos decirte que nos devuelvas el dinero.

EL ALCALDE

Este es muy cuco y no se compromete.

LA ALCALDESA, ~viendo entrar en el jardín a Consuelito con medio palmo de lengua fuera~.

Aquí viene Consuelito, y en la cara le conozco que no ha perdido el tiempo. Trae comidilla.

EL ALCALDE

Con tal que no sea fiambre...

ESCENA IV

~LOS MISMOS; CONSUELITO~

CONSUELITO, ~gozosa~.

Ya estoy de vuelta, y con las alforjas bien repletas.

EL CURA

¿La de la espalda?

CONSUELITO

Las dos... Sois unos mandrias, que aguantáis sin rascaros la comezón de la curiosidad. Yo no puedo: o averiguo lo que no sé, o reviento.

EL ALCALDE

¿Sabes algo, maestra?

CONSUELITO

¿Cómo algo?

EL CURA

Y algos.

CONSUELITO

No me ofendáis suponiendo que sé las cosas a medias. No: Consuelo Briján, o las ignora por entero, o las sabe de cabo a rabo; y todo, todito lo que pasó ayer en Verola lo conoce ya... y vosotros... ni palabra... y estáis rabiando porque yo os lo cuente: de donde resulta que sois tan curiosones como yo; pero hipócritas al propio tiempo, porque os regaláis con la fruta que buscan los que llamáis chismosos... ¡Ay, dejadme que me siente!... estoy cansadísima... he venido volando para contaros... No, no: punto en boca. Ahora me vengo de los hipocritones, negándome a darles la golosina... ~(Gozándose en la ansiedad de los que la rodean.)~ No, no: no digo nada. Sois más fisgones que yo, y más ávidos del escándalo ajeno que yo... Mira, mira los ojos chispos del Alcaldillo... Y el curita... cómo se relame esperando el dulce... Pues me callo... Soy muy discreta... No me gusta meterme en vidas ajenas. ~(Con énfasis cómica.)~ Es pecado; es falta de caridad, de delicadeza... Cada cual se las arregle para buscar la comidilla, que a mí mi trabajito me ha costado sacarla de las entrañas de la tierra. ¡Ahora se fastidian, se fastidian!

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Un respiro entre páginas.

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