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El abueloBenito Pérez Galdós

CAPÍTULO 35

Comienzo · continuación 35

EL CONDE, ~con bravura caballeresca~.

Abusas tú, Prior, de la desigualdad de nuestras fuerzas, y porque me ves solo pretendes acoquinarme. Pero yo te aseguro que si me vence el número, no será sin que caiga al suelo alguno de estos bigardones, y bien podría suceder que el que caiga no se levante más.

EL PRIOR.

Ahora lo veremos. ¡Leoncitos a mí!...

~(Aunque no ha boxeado nunca, es hombre de empuje; sus puños cerrados igualan a la maza de Fraga, y los músculos de su brazo compiten en elasticidad y fuerza con el acero. La actitud guerrera del anciano le saca de quicio, y su primer impulso es dar cuenta de él, sin ayuda de sus cofrades.)~

EL CONDE, ~ciego de ira, poniéndose en guardia~.

¡Aquí te espero!

~(Rodean los frailes al Prior, haciéndole ver con gestos y palabras expresivas la inconveniencia de emplear la fuerza. Basta un momento de reflexión para que así lo comprenda Maroto; se domina: encuéntrase en la posesión plena de sus facultades perfectamente equilibradas; se ríe de sí mismo, se ríe del Conde con más lástima que menosprecio, y manda que se le abra la puerta.)~

EL CONDE

¡Ah! Se me obedece al fin... Abierta la jaula, el león recobra su libertad... ¡Ay del que quiera sujetarle!

~(Sale presuroso, y se aleja con tal viveza, sacando bríos de sus piernas cansadas, que su rápido andar parece milagroso.)~

EL PRIOR, ~rodeado de los frailes, viéndole partir~.

¡Pobre demente! Te ofrecemos el descanso y lo rehúsas; te damos el olvido de lo pasado, y prefieres revolver las escorias inmundas de tu deshonrada familia. Rechazas nuestra dulce compañía por correr tras un enigma, cuya solución no has de encontrar... no, no la encontrarás, porque Dios no lo quiere... ~(Hablando para sí.)~ No, no lo quiere; yo, único mortal que sabe la verdad, no puedo decírtela, y aunque pudiera, menguado y díscolo viejo, no te la diría... ~(Alto.)~ Mirad, mirad cómo corre. Ni una sola vez ha mirado para atrás. La inseguridad de su paso denuncia el tumulto de sus ideas...

UN FRAILE

Toma la dirección del Páramo.

EL PRIOR

Quiere ir como hacia la mar.

OTRO FRAILE

Hacia el cantil de Santorojo.

EL PRIOR

Dios ataje sus pasos si van en busca de la muerte. Recémosle un Padrenuestro. ~(Rezan.)~ Ya no se le ve... Cae la tarde, hermanos: vámonos a cenar en paz y en gracia de Dios.

ESCENA XI

~Meseta árida, en la cual no crecen más que cardos y aliagas. A trechos, rocas de singulares formas que parecen cuerpos a medio salir del suelo arenoso. Termina la planicie por el Norte bruscamente, como si la tajaran de un golpe con arma formidable. Allí está el filo del cantil, colosal muralla que del mar se eleva, en algunos sitios con declive de peñas escalonadas, en otros con una verticalidad espantable, terrorífica. La altura varía, por la desigualdad de la rasante en la meseta; pero en ninguna parte deja de ser tal, que difícilmente la soporta sin vértigo la mirada. Sube de lo profundo el murmullo hondo y persistente de la mar, dando testarazos en la base del cantil. Anochece. El cielo es tempestuoso.~

EL CONDE, ~solo, andando lenta y descompasadamente, fatigado ya de la carrera que emprendió en su fuga de Zaratán~.

Ya me lo decía el corazón... Carmelo, el Mediquillo, y ese Alcalde que envenena a media humanidad con sus fideos falsificados, han vendido sus conciencias a la infame. ¡Hechuras mías habían de ser! Yo les favorecí, ellos me crucifican, me escarnecen, quieren enjaularme. ¡Dios mío, las veces que le he matado el hambre a ese Pepillo Monedero, cuando venían inviernos crudos y no podía trajinar con sus caballerías!... Con el vino que me ha robado, cuando me traía las tercerolas de Villarán, se podría emborrachar Carmelo, cuyo vientre es una bodega... Al padre de ese mediquejo le libré de presidio, cuando las talas de Laín. Era un hombre que siempre que Rafael o yo pasábamos por su lado, se ponía de rodillas, y teníamos que darle de palos para que se levantara... Y ahora ¡ay!... ¡Generación ingrata, generación descreída y que nada respetas, generación parricida, pues devoras el pasado, y menosprecias las grandezas que fueron! El honor, la pureza de los nombres, ¿qué son para estos menguados, que se pasan la vida hociqueando en el suelo, para recoger el pedazo de pan que la suerte les arroja? Son de vista baja, y no ven el cielo, ni el sol que nos alumbra... Y ahora, recobrada mi libertad, voy detrás de mi idea, como los Reyes Magos tras de la estrella que les guió al pesebre, en que acababa de nacer la verdad.

~(Detiénese, un tanto sobrecogido del espantoso estruendo de la mar en aquel sitio. Retumba el suelo. Las olas, en pleamar, penetran en tortuosas cavernas, y se revuelven con furia en las profundidades tenebrosas.)~

¡Cómo brama! Mal vino trae esta noche el agua... Y allá, el reventar de la ola suena como cañonazos... Desde este borde distingo el tremendo salivazo de espuma cuando lo escupe para arriba... ¡Hermoso, sublime! ~(Continúa andando, no sin dificultad, porque va de cara al viento, que sopla del Oeste en rachas violentísimas.)~ Vaya con el aire... hay que ponerle la proa sin miramientos, y cortarlo con la cabeza, después de bien asegurado el sombrero. De nada me sirve el palo... ¡Qué soledad! O yo no veo absolutamente nada, o no pasa alma viviente por estos sitios... ¿Quién demonios, quién que no sea el estrafalario Albrit, este loco enjaulable, se ha de arriesgar por el horrible páramo en noche tempestuosa? ~(El viento le hace girar sobre sí mismo; tiene que acudir con ambas manos al sombrero; el palo se le cae.)~ Hola, hola, ¿esas tenemos, señor vientecito? Pues ahora nos veremos las caras. Primero se cansará usted que yo. Recojo mi palo, y adelante. _Potestad_ me llamo; no hay quien me rinda.

~(Es ya noche cerrada, noche lúgubre, de cielo revuelto, invadido de negras nubes veloces, que corren hacia el Este, montando unas sobre otras, acometiéndose... Por entre sus vellones deshilachados, se deja ver, a ratos, la luna creciente, despavorida, que con su lividez ilumina el Páramo, y da siniestro relieve a los peñascos esparcidos, los cuales semejan aquí gatos en acecho, allí esfinges egipcias, más adentro esqueletos de ballenas.)~

Vaya... parece que afloja la racha. No podía ser menos. ¡Vientecitos a mí...! Adelante... ~(Sorprendido de oír una voz, que parece humana.)~ ¿Qué voz es esa? Si no es que el viento se da a la imitación del graznido de los hombres, ha sonado una voz. ~(Parándose, para oír mejor.)~ Sí, hasta parece que oigo mi nombre... No, no: es el viento, que sabe pronunciar la última sílaba... _brit... brit..._

~(En dirección contraria a la que lleva el Conde, avanza un hombre; pero como anda a favor del viento, más bien parece que vuela. Lo que en tan extraño sujeto aparenta alas, son faldones de un largo abrigo. Pasa veloz junto al Conde. Se para no sin gran esfuerzo, le llama... vuelve a llamarle.)~

ESCENA XII

~EL CONDE; D. PÍO, sin sombrero, que le ha sustraído el huracán; lleva bufanda al cuello, que se enrosca y desenrosca a cada instante; levitón largo, que se le pone por montera; los pantalones arremangados.~

EL CONDE, ~con voz firme~.

¿Quién es... quién me llama? Si es el viento... perdone, hermano, no llevo suelto.

D. PÍO, ~que se ve obligado a agarrarse al Conde para no caer~.

Soy yo, señor. ¿No me ha conocido? Soy Pío, el profesor de las niñas.

EL CONDE

¡Ah! Coronado... Acabáramos. ¿Y qué traes por estos sitios tan amenos, en noche tan deliciosa?

D. PÍO

En el momento de encontrar a usía buscaba mi sombrero, que me arrebató el viento.

EL CONDE

Pues no es fácil que te lo devuelva. Si temes constiparte sin sombrero, ponte el mío. En verdad, no me sirve más que de estorbo...

D. PÍO

Gracias, señor Conde. Estamos en el peor sitio. Agarrémonos bien el uno al otro, y vámonos a lugar más abrigado y seguro... Por aquí, señor... ~(Se agarran y se internan, alejándose del cantil.)~

EL CONDE

Por lo visto, las revueltas del Páramo te son familiares.

D. PÍO

Sí, es mi paseo favorito. Esta soledad, esta aridez, este ruido de la mar me enamoran. Llega para mí un momento, al terminar el día, en que me hastían de tal modo las personas, que me arrimo a los animales; pero me hastían también los domésticos, y busco la compañía de los lagartos, de los saltamontes, de los cangrejos, y de todo lo que más se diferencia de nosotros.

EL CONDE

Comprendo tu odio al género humano, infeliz Pío. Dícenme que eres muy desgraciado en tu casa.

D. PÍO, ~llevándole a un sitio resguardado del viento~.

Sí, señor. Más de una vez he venido a estos cantiles con el propósito de arrojarme por el más empinado. Pero...

EL CONDE

Te ha faltado valor.

D. PÍO, ~candoroso~.

Sí, señor... Me faltan ánimos. Esta noche misma llegué decidido, tan decidido, que ya me estaba viendo cenado por los peces; pero en el momento crítico...

EL CONDE

¡Matarse, qué locura! Hay que luchar, luchar sin desmayo para aniquilar el mal.

D. PÍO, ~con tristeza~.

¡Ah! eso no es para mí. Luche quien pueda. Yo no sirvo; nací para dejar que todo el mundo haga de mí lo que quiera. Soy un niño, señor Conde, y no un niño de la raza humana, sino de la raza ovejuna; soy un cordero, aunque me esté mal el decirlo. Nací sin carácter, y sin carácter he llegado a viejo. Permítame que me alabe. Soy el hombre más bueno del mundo; tan bueno, tan bueno, que casi he llegado a despreciarme a mí mismo, y a _futrarme_, con perdón, en mi propia bondad.

EL CONDE

Y tuya es una frase que corre como proverbial en Jerusa: «¡Qué malo es ser bueno!»

D. PÍO

Porque de la bondad me vienen todas mis desgracias... parece mentira. En mí no encuentro fuerza para hacer daño a ningún ser, llámese mosquito, llámese mujer u hombre. Donde yo estoy, está el bien, la verdad, el perdón, la dulzura... y llueven sobre mí las desdichas como si mi bondad fuera un espigón de metal que atrae el rayo... Señor, he llegado a un extremo tal de sufrimiento, que ya no puedo más; quiero arrojar por ese cantil el fardo de mi bondad, que es mi vida. Mi vida, o sea mi bondad, ya me enfada, me apesta, me revuelve el estómago... ¡Váyase a los profundos abismos, bendita de Dios!

EL CONDE

Ten paciencia, Pío. Si eres tan bueno, Dios te dará tu merecido... Pero si hemos de charlar, desahogando en la confianza y amistad recíprocas las penas de uno y otro, no será malo, bendito Coronado, que me lleves a un sitio cómodo donde pueda sentarme. Por mi nombre te juro que estoy cansado.

D. PÍO, ~guiándole~.

Precisamente llegamos a un recodo donde estaremos a cubierto del vendaval. Entre estas peñas enormes, que parecen dos formidables canónigos con sus sombreros de teja, he descabezado yo mis sueñecitos algunas noches que he dormido fuera de casa. Aquí podemos sentarnos, sobre esta limpia arena llena de caracolitos, y hablar todo lo que nos dé la gana. ~(Se sientan.)~

EL CONDE

Dime, Pío: ¿al fin se murió tu mujer?

D. PÍO, ~tocando las castañuelas~.

¡Al fin! sí, señor. Dos años hace ya que el infierno la quiso para sí.

EL CONDE

¡Cuánto habrás padecido, pobre Coronado! De veras te digo que no hay en la sociedad vicio más desorganizador ni de peores consecuencias que la infidelidad conyugal; y cuando ese atroz delito trae el falseamiento de la ley del matrimonio y el fraude de la sucesión, no hay palabra bastante dura para anatematizarlo. Pues bien: aquí donde me ves, yo estoy en el mundo para combatir y anular las usurpaciones de estado civil, producidas por el desacuerdo entre la Ley y la Naturaleza. Nuestros legisladores no han tenido valor para abordar este problema. Yo lo tengo. He declarado la guerra a la impureza de los nombres, y a todas las ilegitimidades producidas por el infame adulterio.

D. PÍO, ~embobado~.

Ya... ¿Y qué hace el señor Conde para...?

EL CONDE

Por de pronto, descubrir la usurpación... sacarla a la vergüenza pública... ¿Te parece poco? ~(D. Pío, ensimismado, no dice nada.)~ Pero no hablemos ahora de mis cuitas, sino de las tuyas. Tu mujer, según creo, te dejó un mediano surtido de hijas.

D. PÍO, ~secamente, mirando al suelo~.

Seis...

EL CONDE

Que son seis arpías, según se cuenta.

D. PÍO, ~con aflicción~.

Llámelas usía demonios o fieras infernales, pues arpías es poco. No me tienen ningún respeto, ni viven más que para martirizarme.

EL CONDE

¡Y lo aguantas! Tu bondad, pobre Coronado, raya en lo inverosímil, porque si no miente el vulgo... permíteme que te hable con una franqueza que resulta tan extremada como tu bondad... tus hijas... no son tus hijas.

D. PÍO, ~después de una pausa~.

Señor, por duro que sea declararlo, yo... En efecto, tan cierto como esta es noche, esas hijas... no me pertenecen.

EL CONDE

Y si de ello estás tan seguro, ¿cómo las tienes contigo?

D. PÍO

Por ley de la costumbre, que es la gran encubridora de las perrerías que hace la bondad. Desde que nacieron las tengo a mi lado. Me quito el pan de la boca para dárselo a ellas... Las he visto crecer, crecer... Lo peor es que de niñas me querían, y yo... ¿para qué negarlo?... las he querido, casi las quiero, no lo puedo remediar... ~(Albrit suspira.)~ No tengo vergüenza, ¿verdad, señor Conde? No soy digno de hablar con un caballero como usía.

EL CONDE

Eres un desgraciado, y yo quiero que seamos amigos. Dime otra cosa: esas tarascas, ¿permanecen solteras?

D. PÍO

Dos casaron con los primeros ladrones del pueblo. A una la abandonó el marido, y está otra vez en mi casa: empina el codo, y me dice las cosas más indecentes que se le pueden decir a un hombre. María y Rosario tienen por novios a dos perdidos: el uno barbero, el otro muy dado al matute. Esperanza es loca por los hombres, y se va tras ellos por calles y caminos, sin reparar que sean soldados, amoladores o titiriteros, y Prudencia, la más chica, me ha salido un poquito bruja. Echa las cartas, cura por salutaciones... y roba todo lo que puede.

EL CONDE, ~con piadosa lástima~.

No conozco otro ser más dejado de la mano de Dios. Sobre tu bondad caen todas las maldiciones del cielo. ¿Cómo en tantos años no has tenido un día, una hora de entereza de carácter, para echar de tu lado a esas hembras espúreas que te consumen la vida?

D. PÍO

No me pida el señor Conde que tenga carácter, que es como pedir a estas peñas que den uvas y manzanas. Soy bueno; me reconozco el mejor de los hombres. En un punto está que uno sea un santo o un mandria. Mi mujer, que de Satanás goce, me dominaba; me hacía temblar con solo mirarme. Yo hubiera tenido valor delante de una docena de tigres; delante de aquel monstruo no lo tenía. Tan grande como mi paciencia era su liviandad. Me traía los hijos; nacían en casa. Yo le decía verdades como puños; pero no me escuchaba. ¿Qué había de hacer yo con las pobres criaturas, ni qué culpa tenían ellas? ¡No las había de tirar en medio de la calle! Crecían, eran graciosas, se dejaban querer. El tiempo me alargaba la bondad, y yo era más bueno cada día... y me dejaba ir, me dejaba ir... Nunca tuve resolución... Mañana será otro día, decía yo, y, en efecto, señor, todos los días, en vez de ser otros, eran los mismos... El tiempo es muy malo, es como la bondad... Entre uno y otro hacen estas maldades que no tienen remedio.

EL CONDE, ~meditabundo~.

Buen Pío, tu filosofía resulta dañina; tu bondad siembra de males toda la tierra.

D. PÍO

Déjeme que siga contándole, para que acabe de despreciarme. Lo que sufro con esas culebronas a quienes llamo hijas, no hay palabras para decirlo. Ellas me pegan, ellas me insultan, ellas me matan de hambre; ellas gozan con mis dolores, con mi vergüenza... ¡Qué malas, qué malas son! Cada una es un demonio, y juntas el infierno. Y que no me vale huir de mi casa y abandonarlas, porque salen desaforadas a buscarme, y me cogen, y me llevan por fuerza, y me besuquean y hacen mil carantoñas. Tengo el corazón tan blando, que cuando veo llorar a alguien soy un río de lágrimas. Pues cuando alguna se pone mala, ¡si viera usía lo inquieto y apenado que estoy! Nada, que me falta tiempo para correr a casa del médico, a la botica...

EL CONDE

Eres cosa perdida. Vas al abismo, buen Coronado.

D. PÍO, ~agitadísimo~.

Lo sé, señor Conde... Por eso pido a Dios que me lleve pronto al cielo, porque allí, lo que es allí... supongo que podrá uno ser tierno de corazón y de voluntad sin perjudicarse... allí puede uno ser todo amor, sin que le descalabren, le pellizquen y le aporreen.

EL CONDE

El cielo, sí. Para ti no hay otro sitio. Aquel es tu mundo, y no debiste, no, Coronado, no debiste venir a este.

D. PÍO, ~con desesperación~.

¿Pero acaso yo me he traído?

EL CONDE

Si no te has traído, puedes volverte cuando quieras. Ahora comprendo la razón y excelente lógica de tus propósitos de suicidio.

D. PÍO, ~con efusión~.

Me suicido porque soy un ángel, y nada tengo que hacer en este mundo.

EL CONDE, ~indicando la dirección del cantil~.

Es verdad... Vete pronto al tuyo, al cielo. Por hacerme compañía no te entretengas.

D. PÍO, ~que, sintiendo frío en la cabeza, se la cubre con el pañuelo, y anuda las puntas bajo la barba~.

Si quisiera el señor Conde prestarme su pañuelo para sonarme, pues el mío me lo he puesto por la cabeza...

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Un respiro entre páginas.

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