CAPÍTULO 29
Comienzo · continuación 29
EL CONDE, ~para sí, mirándola beber~.
¡También eso!... ¡Qué ordinaria! ¡Buena diferencia de esta mía, que en todo revela su origen noble!... ~(Bebe de un trago, y al instante siente desvanecimiento en su cabeza.)~
EL MÉDICO, ~observando que cierra los ojos, y articula palabras ininteligibles~.
¿Qué... qué es eso?
EL CONDE
Nada... se me va un poco la cabeza... Ya te dije... los alcohólicos... ~(Se confunden sus ideas; aléjase la realidad; ve a los comensales y a sus nietas como sombras esfuminadas, y oye sus voces como un murmullo distante de hojas secas que arrastra el viento.)~
EL CURA
Parece que se aletarga.
EL MÉDICO, ~sacudiéndole suavemente el brazo~.
Sr. D. Rodrigo...
NELL
Está fatigado. ~(Llamándole.)~ ¡Abuelito!
EL CONDE, ~volviendo en sí, y pasándose la mano por los ojos~.
Lo he soñado.
DOLLY
¡Pero si no has tenido tiempo de soñar nada! Ha sido un instante.
EL MÉDICO
Medio minuto.
EL CONDE, ~mirando detenidamente a todos~.
Lo he soñado... ¡Qué imitación tan perfecta de la realidad!
DOLLY, ~asustada~.
¿Qué dices?
EL CONDE
Le he visto... como ahora te veo a ti.
NELL
¿A quién?
EL CONDE
A tu padre... Entró por aquella puerta. No le veíais, yo sí... Acercose a la mesa, y se sentó junto a Dolly... sin decir nada... A mí solo miraba.
~(Vuelve a pasarse la mano por los ojos. Dolly, medrosa, no acierta a pronunciar palabra alguna. Venancio y Gregoria espían desde la puerta.)~
NELL, ~abrazándole~.
Papaíto, debes retirarte... Estás rendido.
EL CURA
Sí, sí: a la cama.
EL MÉDICO
Vamos. ~(Dispuesto a llevársele, le coge del brazo.)~ Sr. D. Rodrigo, a dormir.
EL CONDE, ~levantándose con dificultad, ayudado de Nell y de Angulo~.
No tengo sueño ya... Pero, pues tú lo quieres, Nell, vamos... Tú mandas, hija mía...
NELL
Señores, mi abuelito les pide permiso para retirarse.
EL CURA
Sin cumplidos... ¡No faltaba más!
EL MÉDICO, ~viendo que el Conde suelta su brazo~.
¿No quiere que le acompañe a su dormitorio?
EL CONDE
No es preciso. Gracias, querido Salvador. Estoy bien... muy bien. Carmelo, buenas noches.
DOLLY, ~despidiéndose del Cura y del Médico~.
Buenas noches. ~(Va tras de su abuelo, que, apoyado en Nell, avanza lentamente hacia la puerta.)~
EL CONDE, ~volviéndose hacia ella bruscamente~.
No vengas. ~(Con displicencia.)~ Acompaña a estos señores. Aprende a ser cortés. ~(Pausa.)~
~(Retíranse despacio el Conde y Nell. Dolly vuelve al centro de la estancia, se sienta, apoya en la mesa los codos, la cara en las palmas de las manos.)~
EL CURA
¿Qué tienes, chiquilla?
EL MÉDICO
También la marea el ron.
DOLLY, ~sollozando~.
El... abuelo... no me quiere.
ESCENA XII
~Dormitorio del Conde. Es de noche. Una lamparilla de aceite, puesta en una rinconera, alumbra la estancia; la luz es chiquita, tímida, llorona, un punto de claridad que vagamente dibuja y pinta de tristeza los muebles viejos, las luengas y lúgubres cortinas del lecho y del balcón. Profundo silencio, que permite oír el mugido lejano del mar como los fabordones de un órgano. El viento, a ratos, gime, rascándose en los ángulos robustos de la casa.~
EL CONDE, ~solo. (Después de un sueño breve y profundo, se viste precipitadamente, y se sienta en el borde de la cama.)~
Bien despierto estoy, no puedo dudarlo... En vela, paréceme que duermo; dormido, veo y toco la realidad. ¿Qué es esto? Tan cierto como esa es luz, yo vi a Rafael entrar en el comedor, acercarse a la pequeña y... La primera vez no hizo más que mirarme... movimiento, ninguno: no tenía brazos. La segunda vez, Rafael tenía brazo derecho y mano... nada más que un brazo y una mano. No sé qué arma era la que llevaba. Solo sé que así, así... de un golpe, mató a Dolly. La pobre niña no dijo ¡ay! Murió calladita y risueña... como un ángel, cumpliendo la ley del destino, que ordena que las hijas paguen las culpas de las madres... ~(Tratando de despejarse, da algunos pasos.)~ Sueño ha sido; mas no debemos despreciar los sueños como obra caprichosa de los sentidos, ni creer que estos, al dormirnos, se sueltan, se embriagan, se dan a la imitación burlesca y desenfrenada de los actos normales dictados por el juicio... No, no son los sueños un Carnaval en nuestro cerebro. Es que... bien claro lo veo ahora... es que el mundo espiritual, invisible, que en derredor nuestro vive y se extiende, posee la razón y la verdad, y por medio de imágenes, por medio de proyecciones de lo de allá sobre lo de acá, nos enseña, nos advierte lo que debemos hacer... ~(Se pasea vacilante, sin guardar la línea recta en sus idas y venidas.)~ ¡Cómo suena esta noche la mar! ¡Y yo, durmiendo, creía que ese _bum-bum_ eran mis ronquidos!... ¡Y es el mar el que ronca! ~(Detiénese a escuchar.)~ ¡Qué silencio en la casa! Todos duermen: las niñas también, ignorantes de que urge expulsar a la intrusa. Ley de justicia es. No he inventado yo el honor, no he inventado la verdad. De Dios viene todo eso; de Dios viene también la muerte, fácil solución de los conflictos graves. Tiene razón Laín: el que usurpa, debe morir, debe ser separado... Rafael y yo separamos, apartamos lo que por fraude se ha introducido en el santuario de nuestra familia. ~(Coge maquinalmente su palo, por costumbre de andar con él.)~ Esto es más claro que la luz. Siempre lo has dicho, Albrit; siempre lo has dicho. La causa de que las sociedades estén tan podridas, la causa de que todo se desmorone es la bastardía infame... el injerto de la mentira en la verdad, de la villanía en la nobleza... Tú lo has dicho, Albrit; tú debes sostenerlo, Albrit...
~(Sale de su cuarto cautelosamente, y tentando las paredes avanza por un largo pasillo. La claridad de la luna le permite llegar sin tropiezos insuperables basta una puerta, por cuyos resquicios se filtra luz. Es el cuarto donde duermen Nell y Dolly. Aproxímase, procurando evitar todo ruido, y aplica el oído a la cerradura.)~
No duermen... Parece que rezan. Oigo confusas sus dos voces, que no son más que una. ~(Con súbita emoción afectiva.)~ ¡Oh, Dios! ¡Si me parece que las amo a las dos; que no puedo separarlas en mi amor; que la falsa se agarra a la verdadera y se hace con ella una sola persona...! Esto no puede ser; esto es una cobardía... Albrit, mira quién eres: la justicia, la verdad están en tu mano... ¡Oh! ahora distingo mejor las voces... ~(Poniendo toda su alma en el oído.)~ No, no hay cántico de ángeles que iguale a sus vocecitas... No rezan; ahora hablan. Nell parece que quiere consolar a Dolly... Oigo mi nombre... «el abuelo...» Dolly solloza... sin duda se aflige porque la reñí, porque le manifesté despego, diciéndole que no viniera conmigo, como de costumbre. ~(Con desesperación muda.)~ ¡Señor, Señor, haz que las dos sean legítimas!... Pero ni Dios, con todo su poder, puede impedir que Dolly sea falsa... La denuncia su carácter villano... es el contrabando infame introducido en mi casa por esa ladrona de mi honor... ~(Asaltado de una idea terrible, se clava en el cráneo las uñas de la mano derecha.)~ ¡Y si las dos son falsas, si las dos son...! ~(Pone la mano en la puerta, con intención de abrirla suavemente. Espantado de sí mismo, se aleja.)~ No, no, Albrit; tú no puedes, no sabes... no sirves para la ejecución de estas obras crueles, por más que sean justas... ~(Volviendo a la puerta.)~ ¿Y de qué modo se amputa y arroja la maleza, si una ley torpe, inicua, ampara el fraude? ~(Nueva indecisión. Su voluntad, turbada, gira rápidamente a impulsos de un huracán.)~ ¡Pobrecitas, se asustarán si entro tan a deshora!... Y Nell me dirá... de seguro me lo dirá... «Abuelo, no mates a Dolly.» Tú lo has dicho también, Albrit; tú lo has dicho: «Todo ser humano que tiene vida debe vivir.» Dios se la dio... nosotros no debemos quitársela... ~(Se aleja pausadamente.)~ Hasta podría ser... sí... podría suceder que la espúrea, que es Dolly, fuera buena... buena y espúrea, ¡qué sarcasmo!... ¡Así anda el mundo, así anda la justicia!... Pero de eso no tenemos culpa los pobres mortales: es el de arriba quien tiene la culpa, el que permite la rareza extravagante de que salga buena la falsa... ~(Avanza. En mitad del pasillo es sorprendido por Venancio.)~
ESCENA XIII
~EL CONDE, VENANCIO; después GREGORIA y CRIADOS~
VENANCIO, ~con malos modos~.
¿Por qué está levantado el señor Conde?
EL CONDE, ~arrogante~.
Porque quiero... ¿Quién eres tú para interrogarme en esa forma descortés?
VENANCIO
Nada tiene que hacer usía a estas horas en los pasillos obscuros, rondando como alma en pena.
EL CONDE
Si tengo o no tengo que hacer, eso no es cuenta tuya.
VENANCIO, ~con autoridad~.
Entre usía en su alcoba.
EL CONDE
¡Lacayo!... ¿te atreves a mandarme?
VENANCIO
Me atrevo a guardar el orden en mi casa, y a no permitir...
EL CONDE, ~furioso~.
Vil... vete de mi presencia.
VENANCIO
Estoy en mi casa.
EL CONDE, ~que devora su ira, apretando los dientes y los puños~.
¡En tu casa, sí!... Pero eso no es razón para que te insolentes con tu señor.
VENANCIO
No hay señor que valga. A mí solo me manda una persona, la señora Condesa de Laín.
EL CONDE, ~con intenso coraje reconcentrado~.
Es cierto... Eres un villano que dice la verdad... y yo estoy aquí de limosna... Pues bien: quiero mandar un recado a tu ama, dignísima reina de tal vasallo.
VENANCIO
¿Qué?
EL CONDE
Un mensaje de gratitud... ~(Con rápida acción enarbola el palo, y con la fuerza que le imprime su insensata cólera, lo descarga sobre la cabeza de Venancio, sin darle tiempo a esquivar el golpe. Es palo de ciego, palo nocturno. Formidable acierto.)~ Toma... De mi parte.
VENANCIO
¡Ay!... ¡Maldito viejo!
GREGORIA, ~que acude en paños menores; tras ella, dos criados con un farol~.
¡Sujetarle!... Ese hombre está loco.
EL CONDE, ~cuadrándose fiero~.
¡Villanos, al que se atreva a poner la mano en _el león de Albrit_, al que manche estas canas, al que toque estos huesos, le mato, le tiendo a mis pies, le despedazo!
~(Inmóviles y mudos, no se atreven a llegar a él. Dirígese Albrit impávido a su estancia, y penetra en ella sin mirarles.)~
VENANCIO, ~mientras se restaña con un pañuelo la herida, de que brota sangre~.
¡Encerrarle, encerrarle!
~(Un criado da vuelta a la llave y la quita.)~
FIN DE LA JORNADA TERCERA
JORNADA CUARTA
ESCENA PRIMERA
~Terraza en la Pardina.~
~GREGORIA, disponiendo la mesa para servir al Conde su desayuno; VENANCIO, con la cabeza vendada; SENÉN, que entra por el fondo con una maletita de mano.~
SENÉN
Aquí me tenéis otra vez.
VENANCIO, ~abrazándole~.
Senén de todos los demonios, te juro que me alegro de verte.
GREGORIA
Muy pronto has vuelto de Verola.
VENANCIO
¿Qué?... ¿traes instrucciones de la Condesa?
SENÉN
Sí... lo primero, que me alojéis aquí... Descuidad: os molestaré muy poco.
GREGORIA
Te pondremos en el cuartito de arriba.
VENANCIO