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El abueloBenito Pérez Galdós

CAPÍTULO 2

Comienzo · continuación 2

SENÉN, ~sentándose con indolencia. (Se cuida mucho de emplear un lenguaje muy fino.)~

Y el Municipio ¡oh! le prepara un gran recibimiento, una ovación entusiasta.

GREGORIA

¡A tu ama!

SENÉN

A la que fue mi ama. ¡Estaría bueno que no se hicieran los honores debidos a la ilustre señora, por cuya influencia ha obtenido Jerusa la estación telegráfica, la carretera de Forbes, amén de las dos condonaciones!

GREGORIA

Puede que, si hay festejos, tengamos aquí a Doña Lucrecia más tiempo del que acostumbra.

SENÉN

Creo que no; está invitada a pasar unos días en Verola con los señores de Donesteve.

VENANCIO

¿Y del Conde qué me dices?

SENÉN

Que Su Excelencia debió llegar a Laín anoche, o esta mañana en el primer tren. De modo que no me explico... digo que no me explico, mi querido Venancio, que no le tengas ya en tu casa.

GREGORIA

De fijo habrá ido a Polan a visitar el sepulcro de su esposa, la Condesa Adelaida.

VENANCIO

Bueno, Senén. Tú que todo lo sabes... naturalmente, has vivido en la intimidad de la familia, conoces sus costumbres, la manera de pensar de cada uno, sus discordias y zaragatas, dinos... ¿D. Rodrigo y su nuera se encontrarán aquí por casualidad, o es que...?

SENÉN, ~seguro, dándose importancia.~

No: se han dado cita en Jerusa.

GREGORIA

¿Cómo es eso? ¿Y para qué se citan los que se aborrecen? ¿Qué hacen?

SENÉN

Lo contrario de lo que hacen los que se aman. Los amantes se acarician; estos se muerden.

VENANCIO

Vamos, es al modo de un desafío... Dicen: «en tal parte, a tal hora, nos juntamos para rompernos el bautismo.»

GREGORIA

Será que el señor Conde, que no ha visto a su nuera desde que él embarcó para el Perú, querrá ajustar con ella alguna cuenta...

VENANCIO

De interés, o de cosas tocantes al honor de la familia, pues para nadie es un secreto... no te enfades, Senenillo... que tu protectora la señora Condesa... En fin, no está bien que yo repita...

SENÉN

Sí, que el repetir es cosa fea. ¿Qué les importa a ustedes, ni qué me importa a mí, que el señor Conde de Albrit y su nuera la Condesa viuda de Laín se peleen, se arañen y se tiren de los pelos por un pedacito así de honra, o por un pedazo grande...? pongamos que es un pedazo de honra tan grande como esta casa.

VENANCIO

Tiene razón Senén. _Haiga_ virtud o no la _haiga_, nada nos dan ni nada nos quitan.

SENÉN

Yo no sé sino que el viejo Albrit, que hasta ahora, desde la muerte de su hijo, no se ha movido de Valencia, escribió a la Condesa...

VENANCIO, ~riendo~.

Pidiéndole dinero.

SENÉN

Hombre, no: le proponía una entrevista para tratar de asuntos graves...

GREGORIA

De asuntos de familia. Y como la Condesa no quiere altercados en Madrid, porque allí puede haber escándalo, y se entera todo el mundo, y hasta lo sacan los papeles, le ha citado en este rincón de Jerusa, donde solo vivimos cuatro papanatas, y si hay zipizape aquí se queda, y la ropa sucia, en casita se lava. ¿Qué tal, señor cortesano, entiendo yo a mi gente?

VENANCIO

Dí que no es lista mi mujer.

SENÉN, ~risueño y galante.~

Sabe griego y latín. ¡Vaya un talento! Y para acabar de granjearse mi estimación, me va a traer un vasito de cerveza. Estoy abrasado.

GREGORIA

Ahora mismo: hubiéraslo dicho antes. ~(Entra en la casa, llevándose las hortalizas.)~

VENANCIO

Y tú, rey de las hormigas, ¿qué pretendes ahora de tu ama? ¿Otro ascenso, una plaza mejor?

SENÉN

Quiero adelantar, salir de esta miseria de la nómina, del triste jornal que el Gobierno nos da por aburrirnos, y aburrir al país que paga.

VENANCIO

Picas alto. Digan lo que quieran, chico, tú tienes mucho mérito. Yo te vi salir del lodo.

SENÉN

Y me verás subir, subir... El lodo, créeme, es un gran trampolín para dar el salto.

~GREGORIA, que vuelve con la cerveza y copas, y les sirve.~

Dime, Senenillo, ¿y para tus medros, no te agarras también a los faldones del señor Conde?

SENÉN

Albrit no tiene una peseta, y nadie le hace caso ya.

VENANCIO

Ese roble ya no da sombra, y solo sirve para leña.

~GREGORIA, que sentándose entre los dos bebedores de cerveza, acaricia a Senén.~

Vamos a ver, hijo, ¿por qué no nos cuentas el por qué y el cómo de que tan mal se quieran la Condesa viuda y el abuelo? Tú lo sabes todo.

VENANCIO

Vaya si lo sabe; pero no muerde el gozque a quien le da de comer. ~(Senén paladea la cerveza, dándose aires de madrileño, y calla.)~

GREGORIA

Ya lo ves: callado como un besugo. Dinos otra cosa. Será cuento todo eso que se dice de tu señora... Es cuento, ¿verdad?

SENÉN, ~enfático.~

Me permitiréis, queridos amigos, que no hable mal de mi bienhechora. Os diré tan solo que es un corazón tierno, y una voluntad generosa y franca hasta dejárselo de sobra. No le pidáis gazmoñerías, eso no. Es mujer de muchísimo desahogo... Compadece a los desgraciados y consuela a los afligidos. Y como persona de instrucción, no hay otra: habla cuatro lenguas, y en todas ellas sabe decir cosas que encantan y enamoran.

VENANCIO

Todas esas lenguas, y más que supiera, no bastan para contar los horrores que acerca de ella corren en castellano neto.

SENÉN, ~endilgando sabidurías que aprendió en los cafés.~

¡Horrores!... No hagáis caso. La honradez y la no honradez, señores míos, son cosas tan elásticas, que cada país y cada civilización... cada civilización, digo, las aprecia de distinto modo. Pretendéis que la moralidad sea la misma en los pueblos patriarcales, digamos primitivos, como esta pobre Jerusa, y en los _grandes centros_... ¿Habéis vivido vosotros en los _grandes centros_?

VENANCIO

Ni falta.

SENÉN

Pues en los _grandes centros_ veríais otro mundo, otras ideas, otra moralidad. La Condesa Lucrecia no es una mujer; es una dama, una gran señora. ¿Qué? ¿Que le gusta divertirse? Cierto que sí; se divierte por la noche, por la mañana y por la tarde... No, no me saquéis el Cristo de la moralidad. Yo os digo, y lo pruebo, que es cosa esencial en las sociedades que las damas se diviertan, porque del divertirse damas y galanes viene el lujo, que es cosa muy buena... ~(Riendo del asombro de sus interlocutores.)~ Ya... papanatas; creéis que es malo el lujo... Vivís en Babia. Pues os digo, y lo pruebo, que el lujo es lo que sostiene la industria... la industria de los _grandes centros_, por la cual y con la cual, lo pruebo, come todo el mundo. _Reasumiendo_: que si hubiera moralidad, tal y como vosotros la entendéis, la gente no se divertiría, y sin diversiones, no tendríamos lujo, y _por ende_, no habría industrias: la mitad de los que hoy comen se morirían de hambre, y la otra mitad mascarían tronchos de berzas.

VENANCIO

Vaya que eres parlanchín, y entiendes la aguja de marear.

GREGORIA, ~imitando, sin saberlo, a las brujas de Macbeth.~

¡Senén, tú serás ministro!

SENÉN

¿Ministro yo? No, no: mi ambición, como nacida del lodo, no quiere viento, sino barro, barro substancioso que amasar. _Mis tendencias_ son a lo positivo; _tiendo_ a ganar dinero, mucho dinero. No me conformo con un sueldo más o menos cuantioso; ambiciono más, ambiciono el trabajo libre...

GREGORIA

Manos libres, quieres decir.

VENANCIO. ~(Da un cigarro a Senén, y fuman los dos.)~

Lo que tú buscas, tunante, es una dote; andas a la husma de una rica heredera.

GREGORIA

Por eso vistes tan elegantito, y te quitas el pan de la boca para comprarte trapos... Por eso gastas anillos, y te echas esencia en el pañuelo. Vaya, que hueles bien. ~(Oliéndole.)~ ¿Qué es eso? ¿Heliotropo?

SENÉN, ~reventando de fatuidad~.

Es mi perfume favorito... Pues no he pensado en casarme, y lo pruebo. Claro, si se me presentase una buena ganga matrimonial, no la desperdiciaría. Estamos a la que salta.

GREGORIA

Por un camino o por otro, has de ser rico.

VENANCIO

A trabajar, se ha dicho. En la corte hay mil maneras de afanar el garbanzo.

GREGORIA

Allí donde hay bambolla, derroche, y donde los ricos por su casa gastan, según dicen, más de lo que tienen, el pobre allegador, económico y despabilado como tú, sabe encontrar piltrafa. Ahí tienes el caso del señor Conde. Toda su riqueza se ha repartido entre muchos que andaban quizás con los codos al aire.

VENANCIO

Prestamistas, curiales, cuervos y buitres, y todos los golosos de carne muerta.

SENÉN, ~desdeñoso~.

Mal fin ha tenido el prócer. Vaya usted preparando, Gregoria, las buenas calderadas de patatas, las sopitas de leche, para que se acostumbre a la frugalidad, y olvide sus hábitos gastronómicos.

GREGORIA

No, no: lo que es hoy, al menos, si viene, tengo que prepararle una buena comida.

VENANCIO

Como se entretenga en Polan y no coja el coche que ha salido de allí a las diez, no vendrá hasta mañana.

SENÉN

_Me inclino a creer_ que le veremos venir en carreta, porque el buen señor padece tal _tronitis_, que no tendrá para el coche.

GREGORIA

No exageres... Esos nobles arrumbados siempre guardan algo para sus últimas, y también te digo que suelen encontrar algún tonto que les alimente los vicios.

SENÉN

Albrit no tiene más vicios que la rabia de verse pobre, y el orgullo de casta, que se le ha recrudecido con la pobreza.

GREGORIA, ~intranquila~.

Dime, Senén, ¿y al señor Conde no le dará la ventolera de quitarnos a las niñas?

SENÉN

¿Para qué?... ¿Y a dónde las lleva?

VENANCIO

A un colegio de Francia.

SENÉN

No temáis perder esta ganga. El Conde no tiene con qué pagarles un buen colegio, y la mamá no está por esos gastos, que _dejarían indotado_ su presupuesto. Todo es poco para ella. Además, la presencia de las niñas en sociedad junto a ella, la envejece. _Su obsesión_ es ser joven, o parecerlo.

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Un respiro entre páginas.

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