CAPÍTULO 16
Comienzo · continuación 16
LUCRECIA, ~que después de horrible lucha, se levanta bruscamente, y desesperada y como loca recorre la estancia~.
¡Oh, no puedo más!... ¡Un balcón abierto para arrojarme!.. Huir, volar, esconderme... Este hombre me mata... ¡Favor!
EL CONDE
Bueno, bueno... Veo que no quiere usted entrar en razón... ¿No me contesta?...
LUCRECIA, ~con fiereza, con resolución inquebrantable, parándose ante él~.
¡Nunca!
EL CONDE
¿De veras?
LUCRECIA, ~con más energía~.
¡Nunca!... ¡Antes morir!
EL CONDE
Bien. ~(Se sienta, calmoso.)~ Pues lo que usted no quiere decirme, yo lo averiguaré.
LUCRECIA
¿Cómo?
EL CONDE
¡Ah!... yo me entiendo.
LUCRECIA
Está usted loco... Su demencia me inspira compasión.
EL CONDE
La de usted, a mí no me inspira lástima. No se compadece a los seres corrompidos, encenagados en el mal.
LUCRECIA, ~iracunda~.
Continúa injuriándome, ¡a mí, a la viuda de su hijo!
EL CONDE, ~levantándose altanero~.
La que me habla no es la viuda de mi hijo, pues aunque la ley, una ley imperfecta, así lo dispone, por encima de esa ley está la autoridad moral del jefe de la familia de Albrit, que la coge a usted, y la arranca, como cosa extraña y pegadiza, y la arroja a la podredumbre en que quiere vivir.
LUCRECIA, ~furiosa, descompuesta~.
¡Albrit!... raza de locos... caballería burlesca... honor de bambolla para encubrir la mendicidad. ¡Qué sería del viejo león si yo no le amparase! Soy generosa, le perdono sus injurias, y cuidaré de que no muera en un hospital, o arrastrando su melena gloriosa por los caminos.
EL CONDE, ~con supremo desdén~.
Lucrecia Richmond, quizás Dios te perdone. Yo... también te perdonaría... si pudieran ir juntos el perdón y el desprecio.
LUCRECIA, ~dirigiéndose a la puerta~.
Basta ya. ~(A las niñas, que entreabren la puerta, sin atreverse a entrar.)~ Podéis pasar.
ESCENA VI
~NELL y DOLLY, que corren a abrazar a su madre; tras ellas GREGORIA y VENANCIO. Poco después EL CURA y EL MÉDICO.~
LUCRECIA
Prendas queridas, dadme mil besos. ~(Se besan.)~
NELL, ~observándole el rostro~.
Mamita, tú has llorado.
DOLLY
Estás sofocadísima...
LUCRECIA
El abuelo y yo hemos evocado recuerdos tristes.
NELL, ~mirando al Conde, que permanece sentado, inmóvil~.
También el abuelito ha llorado. ~(Se acerca.)~
EL CONDE
Venid... abrazadme... ¡Os quiero tanto!
~(Las dos acuden a él, y le abrazan y besan, cada una por un lado.)~
LUCRECIA, ~hablando aparte con Gregoria y Venancio~.
Le atenderéis, le cuidaréis como a mí misma. Pero no dejéis de vigilarle siempre, siempre...
DOLLY, ~al Conde~.
Esta tarde pasearemos.
EL CONDE
Sí, sí: no me separaré de vosotras... Charlaremos, estudiaremos.
NELL
Nos enseñarás la Aritmética, la Historia...
EL CONDE
La Historia... No, esa vosotras me la enseñaréis a mí.
~(Entran por el foro el Cura y el Médico; ambos se dirigen a la Condesa.)~
EL CURA
¿Qué tal? ¿Tenemos reconciliación?
LUCRECIA, ~en voz baja~.
Calle usted... Encargo mucha vigilancia... ~(Al Médico.)~ Y a usted, Sr. Angulo, no me cansaré de recomendarle que le observe bien. ~(Dando a entender que padece desvarío mental.)~
EL CURA
Señor Conde... ~(Le saluda y sigue a su lado. A bastante distancia se agrupan la Condesa, el Médico, Gregoria y Venancio.)~
EL MÉDICO
Descuide usted... Le observaremos...
LUCRECIA
Y a mi regreso dispondré...
EL MÉDICO
¿Pero insiste usted en dejarnos hoy?
LUCRECIA
Volveré pronto... ~(El Médico pasa a saludar al Conde, y el Cura vuelve al lado de Lucrecia.)~
EL CURA, ~en voz baja a la Condesa~.
No se vaya usted.
LUCRECIA
Tengo que estar en Verola hoy mismo. Es para mí... no se cómo decirlo... cuestión de vida o muerte. Adiós.
NELL
Mamita, ¿te acompañamos a tu casa, o nos quedamos un rato con el abuelo?
LUCRECIA
Como queráis.
DOLLY
No, no: decídelo.
LUCRECIA
Lo que el abuelo disponga.
EL CONDE
Me parece natural que si vuestra mamá se va esta tarde, estéis a su lado hasta la hora de partir. ~(Besa a las niñas.)~ ¡Oh! no os veo bien, no os distingo; me parecéis una sola...
EL MÉDICO
¿Qué? ¿La vista no anda bien?
EL CONDE. ~(Se levanta.)~
Mal estamos hoy... Toda la mañana he notado una obscuridad, una vaguedad en los objetos... ~(Mirando en derredor, con ojos que se esfuerzan en ver.)~ No veo nada... apenas distingo... ~(Fijándose en la Condesa que, altanera, le clava la mirada.)~ No veo bien más que a Lucrecia... a esa, sí... la veo... allí está... Mi ceguera creciente no me permite ver más que las cosas grandes... el mar, la inmensidad... y ella es grande... enorme... la veo... como el mar... Es otro mar, un mar de... de... de... ~(Su voz se extingue. Queda inmóvil y rígido. Profundo silencio. Todos se miran.)~
FIN DE LA JORNADA SEGUNDA
JORNADA TERCERA
ESCENA PRIMERA
~NELL, DOLLY, D. PÍO CORONADO, sentados los tres alrededor de una mesa de estudio, donde se ven papeles, tintero, libros de texto.~
~Es el maestro de las niñas de Albrit un anciano de estatura menguada, muy tieso de busto y cuello, y algo dobladito de cintura, las piernas muy cortas. La expresión bonachona de su rostro no lograron borrarla los años con todo su poder, ni los pesares domésticos con toda su gravedad. Guiña los ojuelos, y al mirar de cerca sin anteojos, los entorna, tomando un cariz de agudeza socarrona, puramente superficial, pues hombre más candoroso, puro y sin hiel no ha nacido de madre. Un rastrojo de bigote de varios colores, recortado como un cepillo, cubre su labio superior. Viste con pobreza limpia anticuadas ropas, recompuestas y vueltas del revés, atento siempre al decoro de la presencia en público.~
~Maestro de escuela jubilado, desempeñó con eficacia su ministerio durante treinta años, distinguiéndose además como profesor privado de materias de la primera y segunda enseñanza. Su defecto era la flojedad del carácter, y la tolerancia excesiva con la niñez escolar. Sabía el hombre todo lo que saber necesita un maestro, y algo más; pero con la edad y las inauditas adversidades que le agobiaban, fue perdiendo los papeles, y hasta la afición. Su cabeza llegó a pertenecer al reino de los pájaros; su memoria era una casa ruinosa y desalojada, en la cual ninguna idea podía encontrar aposento; todo lo que perdía en ciencia lo ganaba en debilidad y relajación del carácter. En esta situación le designó D. Carmelo para maestro de las niñas de Albrit, teniendo en cuenta tres razones: que si no sabía mucho, no había en Jerusa quien le aventajara; que era honrado, honesto, absolutamente incapaz de enseñar a sus discípulos ninguna cosa contraria a la moral, y, por último, que al aceptarle para aquel cargo realizaba la Condesa un acto caritativo. Su bondad, la excesiva blandura de corazón, eran ya en Coronado un defecto, casi un vicio, por lo cual, lamentándose de sus acerbas desdichas, solía decir, elevando al cielo los ojos y las palmas de las manos: «¡Señor, qué malo es ser bueno!»~
~Al comenzar la escena llevaba ya el maestro una hora de inútiles tentativas para introducir en las molleras de sus alumnas los conocimientos históricos, aritméticos y gramaticales.~
DOLLY, ~dando un golpe en la mesa~.
¿Que no sé una palabra? Mejor... Ni falta que me hace.
D. PÍO, ~apelando a la emulación~.
No dirá lo mismo Nell, que desea aprender.
NELL
Sí, señor, digo lo mismo: ni falta que me hace.
D. PÍO, ~con severidad fingida, que no convence~.
Está bien, muy bien. He aquí dos niñas finas, criadas para la alta sociedad, y que se empeñan en ser unas palurdas.
DOLLY
Sí, señor: queremos ser palurdas.
NELL
Salvajes, como quien dice.
D. PÍO
¡Anda, salero! ¡Salvajes las herederas de los condados de Albrit y Laín!
DOLLY, ~tirándole suavemente de una oreja~.
Sí, sí, maestrillo salado. ¿No eres tú muy ilustradito?
NELL
¿Y de qué te sirve?
DOLLY
¡Vaya un pelo que has echado con tu ilustración!
D. PÍO, ~suspirando~.
Puede que estéis en lo cierto, niñas de mi alma... Bueno, sigamos. Dolly, otra miajita de Historia... ¡Vamos allá!
DOLLY ~(Apoyando los codos en la mesa y la cara en las manos, le contempla risueña.)~
¡Piito, qué guapo eres!
D. PÍO, ~tocando las castañuelas con los dedos~.