CAPÍTULO 15
Comienzo · continuación 15
LUCRECIA
Sinceras son mis lágrimas.
EL CONDE
Naturalmente... Viendo mi pena... No es usted de bronce, no es usted una fiera... Pero no, no sostenga que amaba a su esposo; al hombre que se ama no se le engaña solapadamente, pisoteando su honra, y arrojando al escándalo y a la befa del público su nombre sin tacha. ~(La Condesa inclina la cabeza, y fijos los ojos en el suelo, no dice nada.)~ Al fin calla usted. Ahora, ahora veo a la desdichada Lucrecia en el único terreno en que debe ponerse, que es el de la resignación sumisa, esperando un fallo de justicia. ~(Pausa.)~ ¿Declara usted que su conducta con mi hijo, al menos en determinadas épocas de su vida, no fue buena?
LUCRECIA, ~tímidamente~.
Lo declaro... Pero algo debo decir en descargo mío...
EL CONDE
Ya escucho.
LUCRECIA
Mis desavenencias con Rafael son antiguas.
EL CONDE
Lo sé... Datan de los primeros años del matrimonio, porque usted, penoso es decirlo, no hubo de esperar mucho tiempo para lanzarse por mal camino. ¿Lo niega usted?
LUCRECIA, ~cohibida, abrumada, queriendo y no queriendo decirlo~.
Acusada con tanta fiereza, no acierto a buscar razones, que algunas hay siempre en estos casos, para disculparme.
EL CONDE
Búsquelas usted... pero antes, ¿reconoce sus faltas?
LUCRECIA, ~con gran esfuerzo~.
Las reconozco. Sería una hipocresía indigna de mí negarlas en absoluto. Pero...
EL CONDE
¿Pero qué...?
LUCRECIA
Digo que Rafael, llevándome desde el principio, contra mi gusto, a la esfera social más favorable a la relajación del vínculo matrimonial, contribuyó a perderme. Me vi rodeada de gente frívola, de aduladores, de personas sin conciencia...
EL CONDE
¡Sin conciencia! Tuviérala usted, ¿y qué le importaban los demás?
LUCRECIA, ~premiosa~.
En aquel ambiente no supe o no pude combatir el mal. A mi lado no tenía un censor severo de mi propia debilidad, un guardián vigilante...
EL CONDE
Difícil es guardar a la que guardarse no quiere.
LUCRECIA, ~batiéndose desesperadamente~.
¡Oh, señor Conde: si hubiera usted encontrado vivo a su hijo, si hubiera podido escuchar de sus labios la confidencia o confesión que deseaba... estoy segura de ello, Rafael, que era sincero y justo, habría tenido la generosidad, la rectitud de decirle: «no solo es ella culpable; yo también...»!
EL CONDE
No lo habría dicho, no.
LUCRECIA, ~con firmeza~.
Creo, como esta es luz, que Rafael, al juzgarme, no habría sido extremadamente duro.
EL CONDE
Fue, más que duro, implacable.
LUCRECIA
¿En sus últimos momentos?
EL CONDE
En sus últimos momentos: fíjese usted en lo que afirmo.
LUCRECIA, ~con estupor~.
Pero si acaba usted de decirme...
EL CONDE
Que le encontré muerto... sí.
LUCRECIA
Entonces... ~(Pausa. Ambos se miran.)~
EL CONDE
Los muertos hablan.
LUCRECIA, ~con terror~.
¡Y Rafael...! ~(Vacilante entre la incredulidad y un miedo supersticioso.)~
EL CONDE
Desesperado, loco, permanecí... no sé cuántas horas... ante el cadáver de mi pobre hijo, sin darme cuenta de nada que no fuera él y el misterio inmenso de la muerte. Pasado algún tiempo, empecé a fijar mi atención en lo que me rodeaba, en sus ropas, en los objetos que le pertenecieron, en los muebles que había usado, en la estancia... ~(Pausa. La Condesa le escucha con ansiosa expectación.)~ En la estancia había una mesa con varios libros y papeles, y entre ellos una carta...
LUCRECIA, ~temblando~.
¡Una carta...!
EL CONDE
Sí. Rafael estaba escribiéndola a las tres de la madrugada, cuando se sintió mal. Vino bruscamente la muerte, le atacó con furia, ¡ay!... El infeliz llamó; acudieron... Se le prestaron los auxilios más perentorios... Todo inútil... La carta allí quedó medio escrita... Allí estaba ¡hablando... y viva! hablando... ¡era él!... La leí sin cogerla, sin tocarla, inclinado sobre la mesa, como me habría inclinado sobre su lecho si le hubiera encontrado vivo... La carta dice...
LUCRECIA, ~casi sin aliento, la boca seca~.
¿Era para mí?
EL CONDE
Sí.
LUCRECIA
Démela usted. ~(El Conde deniega con la cabeza.)~ ¿Pues cómo he de enterarme...?
EL CONDE
Basta que yo repita su contenido. La sé de memoria.
LUCRECIA
No basta... Si me acusa, necesito leerla, reconocer su letra...
EL CONDE
No es preciso. Yo no miento. Bien lo sabe usted... Principia con un párrafo de amargas quejas que pintan la discordia matrimonial, lo inconciliable de los caracteres. Siguen estos gravísimos conceptos ~(repitiéndolos palabra por palabra)~: «Te anuncio que si no me envías pronto a mi hija, la reclamaré. Quiero tenerla a mi lado. La otra... la que, según declaración tuya en la desdichada carta que escribiste a Eraul, y que pusieron en mi mano sus enemigos... no es hija mía... te la dejo, te la entrego, te la arrojo a la cara...» ~(Pausa silenciosa.)~
LUCRECIA, ~con estupor, que casi es embrutecimiento~.
¿Eso decía... eso dice...?
EL CONDE
Esto dice... ~(Repitiendo con pausa.)~ «La otra... la que no es mi hija, te la dejo, te la entrego, te la arrojo a la cara.» Y luego añade: «Ya sabes que lo sé. No puedes negármelo... Tengo pruebas.»
LUCRECIA, ~buscando una salida~.
¡Pruebas!... ¡Quiero ver la carta!
EL CONDE
¿Duda usted de lo que digo...?
LUCRECIA
No lo dudo... no sé... Pero la carta puede ser falsa. La escribiría algún enemigo mío para vilipendiarme.
EL CONDE, ~con ademán de sacar la carta~.
La escribió mi hijo.
LUCRECIA, ~espantada~.
No, no quiero verla... ¡Qué abominación!
EL CONDE
Luego, usted niega...
LUCRECIA, ~maquinalmente~.
Lo niego.
EL CONDE
Y yo ¡necio de mí! esperaba encontrar en usted la suficiente grandeza de alma para revelarme toda la verdad, sin ocultar nada, única manera de obtener el perdón. Llevado de este noble anhelo, solicité la entrevista, y aspiraba y aspiro a que la infeliz Lucrecia complete su revelación diciéndome...
LUCRECIA, ~en el colmo del terror~.
¿Qué... qué más...?
EL CONDE, ~con austera frialdad~.
Diciéndome... cuál de sus dos hijas es la que usurpa mi nombre, la que simboliza y personifica mi deshonor.
LUCRECIA
¡Infame idea!... No, no es verdad.
EL CONDE, ~repitiendo las graves palabras~.
«Ya sabes que lo sé... No puedes negármelo.»
LUCRECIA, ~decidida a la negativa, y negando con ahinco~.
Lo niego... Es falso...
EL CONDE
¿Niega usted que hizo... a Carlos Eraul, pintor, muerto hace un año... la grave revelación que ahora le pido?
LUCRECIA, ~vivamente, sin poder contenerse~.
¿La tiene usted?
EL CONDE
Luego existe...
LUCRECIA, ~volviendo sobre sí~.
Quiero decir que si la tiene usted, si posee algún papel que me comprometa, será falso... habrán imitado mi letra.
EL CONDE
Como no puedo mentir, diré que no poseo ese precioso documento. Lo he buscado inútilmente entre los papeles de mi hijo.
LUCRECIA, ~respirando~.
Todo esto es una farsa, una impostura, de la cual no culpo a nadie... solo acuso a mi destino.
EL CONDE
Ya que no satisface usted mi anhelo de la verdad, conteste al menos a esta otra pregunta: ¿Ama usted lo mismo a las dos niñas?...
LUCRECIA, ~rabiosa, paseándose muy agitada~.
No, lo mismo no... digo, sí... a las dos igual... Deseche usted esa torpe idea.
EL CONDE
Antes hará usted del día noche y de la noche día, que conseguir arrancarme de la mente la idea de que lo escrito por mi hijo es la pura verdad. ~(Con autoridad severa.)~ Dígame usted pronto, pronto, cuál de esas dos adorables niñas es la falsa... o cuál la verdadera: es lo mismo. Necesito saberlo, tengo derecho a saberlo, como jefe de la casa de Albrit, en la cual jamás hubo hijos espúreos, traídos por el vicio. Esta casa histórica, grande en su pasado, madre de reyes y príncipes en su origen, fecunda después en magnates y guerreros, en santas mujeres, ha mantenido incólume el honor de su nombre. Sin tacha lo he conservado yo en mi esplendor y en mi miseria... No puedo impedir hoy, ¡triste de mí! este caso vergonzoso de bastardía legal; no puedo impedir que la ley transmita mi nombre a mis dos herederas, esas niñas inocentes. Pero quiero hacer en favor de la auténtica, de la que es mi sangre, una exclusiva transmisión moral. Esa será la verdadera sucesora, esa será mi honor y mi alcurnia en la posteridad... La otra, no. Falsa rama de Albrit, la repudio, la maldigo... maldigo su extracción villana y su existencia usurpadora.
LUCRECIA
Por piedad... No puedo más. ~(Cae en el sillón consternada, sollozando. Pausa larga.)~
EL CONDE
Lucrecia, ¿reconoce usted al fin la razón que me asiste?... Llora usted... ~(Creyendo que los procedimientos de suavidad serán más eficaces.)~ Sin duda expongo mis quejas con demasiada severidad; sin duda interrogo con altanería... No puedo vencer la fiereza de mi carácter. Perdóneme usted. ~(Con dulzura.)~ Ahora no mando... no acuso... no soy el juez... soy el amigo... el padre, y como tal suplico a usted que me saque de esta horrible duda. ~(La Condesa calla, mordiendo su pañuelo.)~ Valor... Una palabra me basta... Después de oírla no he de decir nada desagradable... La verdad, Lucrecia, la verdad es lo que salva.