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El abueloBenito Pérez Galdós

CAPÍTULO 12

Comienzo · continuación 12

¿Y quién te asegura que no sea invención?

CONSUELITO

No creo en las invenciones, ni siquiera en la de la pólvora... Esta Vicenta, cuando se pone a no querer entender las cosas...

LA ALCALDESA

Indicábamos que podría ser invención...

CONSUELITO

¿He inventado yo que esta buena señora no tenía ni pizca de amor a su marido... y que le dejó morir como un perro en una fonda de Valencia?

LA ALCALDESA

¡Consuelo, por Dios...!

CONSUELITO

Hija, en Madrid lo oí... Los chicos de la calle no sabían otra cosa. Bueno: que es mentira. ¿Queréis que diga y sostenga que miente todo el mundo? Pues lo digo: a benevolencia nadie me gana. Pero también os aseguro una cosa: en mi fuero interno creo que el Conde de Albrit tiene razón en odiar a su nuera, y lo pruebo, como diría Senén.

EL CURA, ~riendo~.

Recomiéndele usted a su fuero interno que no sea tan malicioso.

CONSUELITO

Pero no puedo recomendar a mis ojos que no vean lo que ven; y han visto que la cara de la Condesa se queda como el mármol cuando le nombran a su suegro.

EL CURA

De mármol blanco. Es que tiene una tez que ya la quisiera usted para los días de fiesta.

CONSUELITO

Yo no presumo.

EL CURA

Podía...

LA ALCALDESA, ~cortando la cuestión~.

Basta. Mientras esta señora esté en mi casa, yo no tolero...

CONSUELITO

Claro... pero conste que ella viene a honrarse a tu casa... no eres tú quien se honra con recibirla y agasajarla. ¡Pues no le han dado hoy poquita ovación!... Y dice que no le gustan los vivas... A poco más revienta de orgullo.

EL CURA

Señora Doña Consuelito, no abre usted la boca sin decir algo en ofensa del prójimo. Haga caso de mí, que la quiero bien: ponga mesura en sus palabras, y enfrene un poco su curiosidad de las vidas ajenas.

CONSUELITO

¿Qué mal hay en saber lo que pasa, siendo verdad? La curiosidad es hija de Dios, y de la curiosidad nace la historia que usted cultiva, y nace la ciencia que descubre tantas cosas.

EL CURA

La curiosidad perdió a Eva.

CONSUELITO

Hay opiniones...

EL CURA, ~riendo~.

Es dogma.

CONSUELITO

Bueno... lo creo por ser dogma, que si no, no lo creía. Una cosa siento, acordándome de lo del Paraíso... Sí, señor, siento no haberlo visto yo, para que nadie me lo contara.

LA ALCALDESA, ~viendo llegar a la Condesa~.

Silencio... Aquí viene.

LUCRECIA

¡Pobre Senén! Las chiquillas le traen loco.

~La inopinada presencia del periodista en la verja de entrada exige nueva intervención de la muleta del señor Alcalde. Preséntase también el director del orfeón. La Alcaldesa se ve precisada a poner coto a los juegos inocentes de sus hijuelos, y acude al estanque, donde se lavan las manos, mojándose la ropita nueva. Nell y Dolly llaman a Consuelito y al Cura. Senén y la Condesa se encuentran un rato solos.~

LUCRECIA, ~sentada a la sombra de una magnolia frondosísima~.

Ya sé que has visto a ese hombre, que le has hablado.

SENÉN, ~en pie, respetuoso~.

Viene de malas.

LUCRECIA, ~disimulando su miedo~.

¿Y qué me importa? Forzoso es darle algo para que viva... Me dejará en paz.

SENÉN

Lo dudo... Como soberbio que es, no querrá limosna; como quisquilloso y camorrista, querrá escándalo.

LUCRECIA, ~trémula~.

¡Escándalo!... ¿Qué?... ¿te ha dicho algo?

SENÉN, ~haciéndose el misterioso~.

A mí, no... En Madrid, un amigo mío que vivió en Valencia con el señor Conde, me dijo que este, desde la muerte de su hijo (Dios le tenga en su gloria), no vive más que para un fin: revolver lo pasado, los desechos del pasado...

LUCRECIA

Como los traperos en los montones de basura.

SENÉN

Revolver para sacar... lo que encuentre.

LUCRECIA, ~muy inquieta~.

Y a ti te haría mil preguntas... Sabe que fuiste mi criado... y los criados siempre poseen algún secreto... digo mal, algún dato de las intimidades de sus amos.

SENÉN, ~enfáticamente~.

En mí tuvo y tendrá siempre la señora Condesa un servidor leal...

LUCRECIA

Lo sé... Confío en ti.

SENÉN

Y aunque no me obligaran a la lealtad los motivos de agradecimiento que me hacen esclavo de la señora, seré fiel y seguro porque tengo la honradez metida en las entrañas...

LUCRECIA

Lo sé... ~(Apuradísima por librar su olfato del insoportable perfume de heliotropo que Senén despide de su ropa, saca el pañuelo, y se acaricia con él la nariz, fingiendo constipación.)~

SENÉN

Sirvo a la Condesa de Laín desinteresadamente en todo aquello que guste mandarme, sea lo que fuere... Pero no olvide la señora que su humilde protegido, el pobre Senén, no merece quedarse a mitad del camino en su carrera.

LUCRECIA, ~con hastío y desdén~.

¿Pero qué... quieres más? ¿Solicitas otro ascenso? Ahora es imposible.

SENÉN, ~quejumbroso~.

No es eso. Por la administración a secas no se va a ninguna parte.

LUCRECIA

¿Pues qué pretendes?... Dilo pronto y acaba de una vez. ¿Quieres el arzobispado de Toledo, o la cruz laureada de San Fernando?

SENÉN

Aspiro a una posición obscura y de mucho trabajo, con lo cual podré asegurar mi subsistencia en lo que me quede de vida.

LUCRECIA, ~impaciente, deseando que se vaya~.

Bueno: la tendrás. ¿Es cosa que puedo hacer yo?

SENÉN

Facilísimamente, no dejando pasar la ocasión. Es cosa muy sencilla. Que me nombren agente ejecutivo para la cobranza de Derechos Reales.

LUCRECIA

¿Y eso da dinero?

SENÉN

¡Que si da!...

LUCRECIA

¿De modo que pidiéndolo al Ministro...?

SENÉN

Como tenerlo en la mano.

LUCRECIA, ~levantándose, por huir del perfume y del perfumado~.

Si es así, cuenta con ello.

SENÉN

Permítame la señora un momentito...

LUCRECIA

¡Insufrible pedigüeño! ¿Todavía más?

SENÉN

Se me olvidó decir a la señora que para desempeñar ese cargo necesito fianza.

LUCRECIA, ~muy displicente~.

¿También eso?

SENÉN

Una fuerte fianza.

LUCRECIA, ~sofocando su ira~.

Yo no puedo ponértela...

SENÉN, ~dando un paso hacia ella~.

Pero el señor Marqués de Pescara me la facilitará solo con que la señora se lo diga... o se lo mande.

LUCRECIA

¡Oh!... Esto ya es absurdo... Pides cosas difíciles, enfadosas.

SENÉN, ~dando otro paso en seguimiento de la Condesa, que se aleja~.

Si la señora no quiere molestarse para que yo salga de pobre, no he dicho nada... Se me olvidaba manifestarle que el dinero estará seguro, y el señor Marqués cobrará intereses de la Caja de Depósitos.

LUCRECIA, ~deseando concluir~.

Está bien... Pero es dudoso que yo pueda ver a Ricardo...

SENÉN, ~con seguridad~.

Le verá mañana o pasado.

LUCRECIA, ~con súbito interés, aproximándose a él, sin temor a la fragancia heliotrópica~.

¿Dónde?... ¿Qué dices?... ¿Dónde?

SENÉN

En Verola, a donde la señora va desde aquí.

LUCRECIA

¿Y cómo lo sabes?

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Un respiro entre páginas.

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