CAPÍTULO 11
Comienzo · continuación 11
Mire usted... mire usted a José María, más colorado que un pavo... Parece que quiere romperle el bastón en la cabeza... Ahora le coge de las solapas... Al fin parece que le convence.
LUCRECIA
¿Pero qué quiere preguntarme ese tipo, ni qué tengo yo que decirle?
LA ALCALDESA
Pues nada: a qué hora entró en el tren; si le gustó el paisaje; si le prueba bien Jerusa; si quedó contenta de la ovación o le ha parecido poca, y, por fin, cuál es su actitud en el asunto de la Cámara de Comercio, es decir, si apoyará a raja-tabla en Madrid las pretensiones de esta villa.
LUCRECIA
¡Dios me ampare!
LA ALCALDESA, ~mirando~.
Ya, ya le ha despachado. Allá va el pobre Cea con viento fresco. Pondrá esta noche las paparruchas que le habrá encajado José María... Que usted adora al pueblo; que ha venido muy cansada y con dolores de reúma, y que se desvivirá por conseguirnos lo de la Cámara de Comercio, apabullando a los de Durante... Ya entra mi marido. Bajemos al comedor.
LUCRECIA. ~(Salen las dos señoras, enlazadas del brazo; las niñas delante.)~
Es delicioso. Pero no me hace ninguna gracia que ponga ese majadero la noticia falsa de mi reumatismo. Es una enfermedad que me desagrada más que otras, porque, no siendo grave, hace engordar.
LA ALCALDESA, ~bajando la escalera~.
Es muchacho fino, y dirá que está usted nerviosa.
LUCRECIA
Menos mal.
~En la puerta del comedor encuentran al señor Alcalde, que ofrece su brazo a la Condesa. Sofocado, aunque de buen humor, da cuenta del gracioso _quite_ con que logró evitar la formidable tabarra con que les amenazaba el audaz foliculario. Debe decirse, tributando a la verdad los honores debidos, que fue excelente y copiosa la comida, feliz combinación del _estilo de fonda_ y del arte casero en casa rica; el servicio atropellado y lento, pues las pobrecitas criadas no acertaban a desenvolverse en aquel mete-y-saca y quita-y-pon de platos, fuentes y salseras. Sentáronse a la mesa, a más de la Condesa y sus hijas y los dueños de la casa, los dos niños de estos, escolares encogidos que se hallaban en plena _edad del pavo_, y eran de lo más desaborido que en tan lastimosa edad comunmente se ve. De personas extrañas solo había una, la que toda Jerusa conocía por CONSUELITO, de apodo la _Solitaria_, prima del Alcalde, viuda rica sin hijos, que en investigar vidas ajenas se pasaba mansamente la suya, y era, por tanto, un viviente archivo de historias, enredos y chismes. Amenizó el señor Alcalde la comida con un jaquecoso disertar sobre las mejoras pasadas, presentes y venideras de Jerusa, y a nadie dejaba meter baza. Pugnaba su esposa por intercalar observaciones finas en medio de la gárrula oratoria del buen Monedero: pero rara vez vio coronado por el éxito su laudable propósito. Cuando servían el café (que, entre paréntesis, llegó a la mesa mal hecho, recalentado y frío), entraron a saludar a la Condesa EL SEÑOR CURA, que ya la había visto, y SENÉN, que aún no había tenido el honor de besarle la mano.~
ESCENA IV
~Jardín que no necesita descripción, pues ya se comprende que es un afectado y ridículo plagio en pequeño del estilo inglés en grande; trazado en curvas, con praderas, macizos, bosquecillos y plantaciones ornamentales de variada coloración.~
~LUCRECIA, NELL y DOLLY; EL ALCALDE, LA ALCALDESA, sus DOS HIJOS, que no hablan, y peor sería que hablaran; CONSUELITO, EL CURA, SENÉN.~
~Fórmanse grupos distintos que cambian de figuras.~
EL CURA, ~sentándose con la Condesa y la Alcaldesa en un banco _rústico_, de los muchos que hay en el jardín, alternando con los _civilizados_~.
Ya comprenderá la señora Condesa que no he venido esta tarde solo por el gusto de verla, que siempre es grande, sino...
LUCRECIA
Ya, ya... Ha comido usted con _él_... y me trae algún mensaje; recadito por lo menos.
EL CURA
Dispénseme si le digo que se equivoca. El señor Conde no me ha dado ninguna comisión ni recado para la Condesa de Laín.
LUCRECIA
Entonces...
EL CURA
Lo que yo diga será por cuenta mía, por inspiración propia y consejo de amigo.
LUCRECIA, ~a la Alcaldesa, que se aparta discretamente~.
No, no se retire usted, Vicenta. No hablamos nada reservado. Puede usted oírlo... Siga, Don Carmelo. Mi ilustre papá político, como si lo viera, habrá dicho de mí... qué sé yo... horrores espeluznantes.
EL CURA
No, señora. Ni una sola vez la ha nombrado a usted durante la comida.
LUCRECIA
Permítame el Sr. D. Carmelo que no le crea, con todo el respeto debido. Es usted un santo, que en este instante no dice la verdad... por exceso de virtud. Se dan casos.
EL CURA
Habló mucho de su hijo muerto, dignísimo esposo de usted; ponderó sus virtudes, su mérito no común, lloró...
LUCRECIA, ~que palidece, e intenta desviar la conversación~.
También hablaría de su desdichado viaje a América. Lo emprendió atraído por la ilusión, por el espejismo de un caudal que allí dejó su abuelo el Virrey, y después de mil fatigas y trabajos, sufriendo desaires y persecuciones, ha vuelto descorazonado y sin una peseta. Al diantre se le ocurre plantarse en el Perú a reclamar las famosas minas de Hualgayoc, olvidadas durante un siglo.
EL CURA
También nos habló de eso... y de otras cosas. Demuestra un cariño ardiente a sus nietas. Oyéndole hablar de ellas, hemos observado Angulo y yo cierta exaltación del afecto paternal, y una tenacidad monomaníaca en el propósito de estudiar y desentrañar los caracteres de una y otra... Por la incoherencia con que se expresa, no hemos podido apoderarnos de su pensamiento, si es que alguno tiene. Angulo cree más bien que en aquella cabeza hay un desconcierto lastimoso, ideas de grandeza, ideas de venganza, el orgullo y la miseria, que rabian de verse juntos.
LUCRECIA
No será extraño que las desdichas, amargando su alma, toda soberbia y altanería, lleven al buen D. Rodrigo a la locura...
EL CURA
No diré yo tanto. Solo apunto la idea de que el señor Conde, por su ancianidad, por su pobreza, por el estado de amargura e irritación de su espíritu, merece y reclama exquisitos cuidados, y de esto precisamente quería que hablásemos usted y yo.
LUCRECIA
Por mí no ha de quedar. Pienso decir a Venancio que si el Conde permanece en la Pardina tenga con él toda clase de miramientos, le cuide, le agasaje, atienda con delicadeza a sus necesidades. Pero yo dudo que acepte estos beneficios dispuestos por mí. Usted le conoce...
EL CURA
Sí, y sé que es atrabiliario, descontentadizo, y que la exaltación de la dignidad le impulsará a rechazar el bien que usted le ofrezca.
LUCRECIA, ~cruzándose de brazos~.
Entonces, ¿qué debo hacer? Vicenta, dé usted su opinión.
LA ALCALDESA, ~con finura~.
Yo... ¿Qué quiere usted que le diga? Paréceme que no será difícil encontrar un medio de darle amparo decoroso, digno de su alcurnia, sin que la vidriosa dignidad de D. Rodrigo se sintiera ofendida.
EL CURA, ~aprobando enfáticamente~.
Mucho, mucho... Vicenta, con su talento admirable, nos indica el mejor camino. Pues bien: yo tengo una idea, que quiero someter al buen criterio de usted...
EL ALCALDE, ~presuroso, hacia la Condesa~.
Lucrecia, ahí tiene usted una visita. El Prior y dos Padres Jerónimos del convento de Zaratán vienen a ofrecer a usted sus respetos.
LUCRECIA
¡Ah!... Zaratán... Ya me acuerdo. Dí una cantidad para la restauración... y Rafael consiguió del Gobierno un dineral para que estos benditos pudieran instalarse.
LA ALCALDESA
¿Están en la sala? Vamos un momento. No tema usted que la fastidien. Son finísimos.
EL CURA
Vamos allá... ¡Qué oportunidad, qué feliz coincidencia!
~(Entran en la casa Lucrecia, el Cura, el Alcalde y su señora.)~
SENÉN, ~en otro grupo, con Nell y Dolly, Consuelito y los niños del Alcalde, que no hablan ni a tiros~.
¿Quieren ver la pajarera?
NELL
Lo que queremos ver es las sortijas que llevas tú en el dedo meñique.
DOLLY
Son preciosas. Ya podías regalárnoslas.
SENÉN
Están a su disposición.
DOLLY
¡Truhan! Ya sabes que no las tomaríamos.
SENÉN
¿Por qué no? Hagan la prueba.
NELL
Te morirías de rabia.
CONSUELITO
Las necesita para deslumbrar a las chicas del pueblo.
DOLLY
¿Cuántas novias tienes? Dinos la verdad.
NELL
Lo menos dos docenas.
CONSUELITO
Que yo conozca, tres... A mí no me lo negarás, pillo, engañador. Te he visto de telégrafos con Delfina, la del confitero; sé que te carteas con Amalia Ruiz, y es de dominio público que le mandas versitos a ese retaco de Hilaria Sevillano, y que ella te envía, con la mujer del peón caminero, peras de su huerta. Todo se sabe, amiguito.
SENÉN
Sí, y lo primero que sabemos es que se deja usted tamañita a _La Correspondencia_. Todo lo averigua y todo lo trabuca. Para que se entere, no han sido peras, sino abridores.
CONSUELITO
Y ahora te está preparando una calabaza de cabello de ángel. Es rica la niña, aunque cargadita de espaldas; pero los padres, que son plateros y conocen el oro falso, no te pasan... Tienes liga...
~(No se oye lo que contesta Senén, porque Nell y Dolly, viendo pasar a un sujeto al través de la verja que da a la calle de Potestad, se abalanzan gozosas a llamarle.)~
DOLLY
¡D. Pío, Pío, Piito, venga, ven acá!... entra.
CONSUELITO, ~dejando a Senén con la palabra en la boca~.
¿Es Coronado, vuestro maestro?
NELL, ~gritando~.
Maestro, maestrillo, entra. Mamá quiere verte.
DOLLY
No seas vergonzoso... ven.
SENÉN
No entrará ni a tiros. Es muy corto de genio. ~(Se asoman los cuatro, y ven a un anciano que se aleja calle adelante, y risueño saluda con la mano.)~
NELL
¡Pobrecillo!... ¡Le queremos más...!
~Los dos niños del Alcalde se dedican, con perseverancia digna de mejor causa, a untarse las manos de tierra mojada. La _Solitaria_, viendo salir a los frailes, y a las señoras, que en la verja de la plaza les despiden, corre a gulusmear. Fórmanse nuevos grupos: en un lado están el Cura, la Alcaldesa y Consuelito; en otro, el Alcalde, la Condesa, Senén y las niñas.~
CONSUELITO, ~a la Alcaldesa~.
¿Se puede saber a qué han venido los padricos de Zaratán?
LA ALCALDESA
Visita de parabién, y nada más. ~(Al Cura.)~ La verdad, D. Carmelo, aquí que nadie nos oye: ¿D. Rodrigo le dijo o no le dijo a usted los horrores que supone Lucrecia?
EL CURA, ~escurriendo el bulto~.
Psch... Exageraciones, monomanías... chocheces.
CONSUELITO
A esta buena señora no le vendría mal mirar un poquito por su reputación... Ella será buena; pero no puede hacerlo creer a nadie.
LA ALCALDESA
Chitón, Consuelo. Lucrecia está en mi casa.
EL CURA
De todas las historias que por ahí corren, descontemos lo que añaden la malicia, la envidia, el afán de los chistes, y...
CONSUELITO
Quite usted todo el _jierro_ que quiera, y siempre quedará lo que es público y notorio.
LA ALCALDESA