CAPÍTULO 10
Comienzo · continuación 10
Me bastó pedírselo al Ministro...
EL ALCALDE
Más que todo eso vale el Instituto de segunda enseñanza, que nos disputaban los de Durante. Nada agradecen tanto los pueblos, señora mía, como el que les den algo que se le quita al vecino. Cuestión de amor propio: la entidad pueblo es lo mismo que la entidad persona. Fastidiar al vecino, y caiga el que caiga. Jerusa verá siempre en la ilustre Condesa de Laín una individualidad digna de todos nuestros respetos. Y yo, que llevo el corazón en la mano, que digo siempre la verdad llana y monda... soy así, muy bruto, muy francote... le aseguro a usted que la queremos aquí... como sabe querer Jerusa; y si lográramos que nos concedieran la Escuela de Comercio que pretenden los de Durante, no le quiero decir a usted... La apoteosis que le haríamos retumbaría en la China.
LUCRECIA, ~sonriente~.
Yo sí que no vuelvo de mi apoteosis.
DOLLY, ~desde la ventana~.
Ya, ya se retiran.
NELL
Parece que van descontentos. ¡Y cómo nos miran!
LA ALCALDESA
No extrañe usted, Condesa, las vehemencias de mi marido. Desde que es _edil_ ~(marcando bien la palabra)~, no vive. La fiebre de la cosa pública altera su genio pacífico. Verdad que no hay otro que mejor cumpla, ni que sepa consagrarse tan de lleno a los deberes de un cargo espinoso.
LUCRECIA, ~por decir algo~.
Estos son los hombres, estos son los grandes ciudadanos...
UNA CRIADA, ~entrando con una bandeja de huevos moles~.
Esto mandan a la señora Condesa las monjas Dominicas.
NELL, ~corriendo a verlo~.
¡Huevos moles! ¡Qué ricos!
DOLLY
¡Vaya un regalo, mamá!
EL ALCALDE
Para que diga usted que no se portan bien las monjitas de mi tierra.
LUCRECIA
¡Pobrecillas! Tendré que visitarlas.
LA ALCALDESA
Iremos. Son finísimas.
OTRA CRIADA, ~entrando con un descomunal ramo de flores~.
De parte de los capataces de la Granja modelo...
LUCRECIA
También tendré que hacerles una visita.
EL ALCALDE
Iremos; sí, señora. Verá usted los carneros moruecos, que han traído ahora para padres.
LA ALCALDESA, ~que ha salido un momento, vuelve trayendo una labor de tapicería y mostacilla~.
Mire usted, Lucrecia, lo que le manda la maestra del colegio de niñas.
NELL
¡Ay, qué precioso!
DOLLY
Mira, mamá. ¿Es un gorro?
LUCRECIA
No, hija: es un _cosy_ para cubrir las teteras...
LA ALCALDESA, ~pesarosa de no haber acertado antes el uso de aquel chisme~.
Es un adminículo extranjero. Aquí no lo usamos.
EL ALCALDE
Tiene usted que visitar el colegio.
LA ALCALDESA
¡Pobre Condesa! Ya le cayó quehacer.
EL ALCALDE
Y podrá decir que en ninguna parte del mundo ha visto usted labores tan primorosas como las que hacen las alumnas del colegio de Doña Severiana.
LA ALCALDESA
Bordan a maravilla... Ya lo ve usted... Y allí tiene usted a las chicuelas todo el santo día sobre los bastidores...
EL ALCALDE, ~mirando su reloj, descomunal pieza de oro~.
Y a todas estas, Vicenta, son las tantas y no comemos. Mi señora Doña Lucrecia tiene apetito... las niñas están desfallecidas. ¿Verdad, _Nelita_ y _Dolita_, que deseáis sentaros a la mesa?... y yo... ¿por qué no he de decirlo? estoy ladrando de hambre. Conque...
LUCRECIA
Me arreglaré en un momento.
LA ALCALDESA
Subamos a mi tocador. Mientras usted se arregla, dispondré que nos sirvan la comida.
EL ALCALDE
Y yo, si la señora Condesa me lo permite, voy a librarla de otra _lata_ horrorosa.
LUCRECIA
¿Qué?
EL ALCALDE
El orfeón del pueblo quiere venir a cantar durante la comida.
LUCRECIA
¡No, por Dios!
EL ALCALDE
Ahí está el director. Voy a quitárselo de la cabeza...
LUCRECIA
Sí, sí; que lo agradezco, que siento mucho...
LA ALCALDESA
Que está muy fatigadita. Crea usted que no perdemos nada. Desafinan como perros.
EL ALCALDE
Y que, motivado al luto, no está usted para músicas... Ya, ya sabré despacharles... Y sobre todo, que lo mando yo, ea...
~(Vase presuroso.)~
ESCENA III
~Tocador de la Alcaldesa.~
~LUCRECIA, DOLLY y NELL; una criada extranjera que ayuda a vestir a su ama y no habla; después LA ALCALDESA.~
LUCRECIA
¡Qué descanso! Solas un momento. Prefiero una enfermedad a los entusiasmos de Jerusa.
NELL
Mamá, es que te quieren.
LUCRECIA
Sí, sí: cariños que reclaman la fuga inmediata, como quien escapa de una epidemia. Es violentísimo tener que mostrar gratitud ante estas mojigangas.
DOLLY
Mamá, ten paciencia.
LUCRECIA, ~bajando la voz~.
Lo mismo que soportar las amabilidades de estos pobres cursis... Son muy buenos, lo reconozco... y les aprecio verdaderamente. Pero en Jerusa no quiero ver a nadie más que a vosotras.
NELL
Mamá, ¿cuándo nos llevas contigo?
LUCRECIA, ~meditabunda~.
No sé... Tal vez muy pronto. Depende de circunstancias eventuales...
DOLLY, ~vivamente~.
Mamá, ¿no sabes? Ha llegado el abuelito.
LUCRECIA, ~disimulando su disgusto, que solo se trasluce en rápidos destellos de sus pupilas rasgueadas de oro~.
Ya, ya lo sé... Llegó esta mañana. ¿Y qué? Tan gruñón y desabrido como siempre.
NELL
A nosotras nos quiere mucho.
DOLLY
Irás a verle...
LUCRECIA
Sin duda. Ya sé que hoy come con D. Carmelo... ¿Y con vosotras ha estado muy expansivo? ¿Qué hacíais cuando llegó?
DOLLY
Le encontramos en el bosque. Primero tuvimos mucho miedo, porque no le conocíamos.
LUCRECIA
Y después de conocerle, más.
NELL
No, no: el pobrecito no acababa de hacernos cariños. Nos da mucha lástima de verle tan agobiado, viejecito, casi ciego.
LUCRECIA
Y en el camino del bosque a la Pardina, ¿no habló con nadie? ¿No le salió al encuentro alguna persona conocida?
DOLLY
Sí, mamá: Senén.
LUCRECIA, ~disgustada~.
Ya me han dicho que está aquí ese tábano. El tal marea... y pica. Os recomiendo el menor trato posible con él.
LA ALCALDESA, ~entrando~.
Cuando usted quiera.
LUCRECIA
Ya estoy.
LA ALCALDESA, ~llevándola a la ventana, y mostrándole al Alcalde, que en la calle habla con un joven~.
Vea usted, Lucrecia, los apuros que pasa mi esposo por defenderla a usted de impertinencias. Ese con quien habla es Pepito Cea, el periodista de Jerusa, que quiere colarse aquí para celebrar con usted una _interview_.
LUCRECIA
¡Una _interview_!... ¿Pero está loco ese hombre?
LA ALCALDESA