CAPÍTULO 1
Las abejas y las flores
Cuando ves una abeja revoloteando de flor en flor, parece que solo busca comida. Y tiene razón: la abeja va a por néctar y polen. Pero mientras come, sin saberlo, está haciendo un trabajo importantísimo para las plantas y para nosotros. La abeja y la flor necesitan una de la otra, y esa colaboración es una de las historias más bonitas de la naturaleza.
Qué busca la abeja en la flor
Las flores ofrecen dos recompensas. El **néctar** es un líquido dulce lleno de azúcar que las abejas usan como energía, y con él fabrican la miel. El **polen** es un polvillo amarillo que tiene proteínas, y sirve para alimentar a las crías. Para conseguir ambos, la abeja se mete dentro de la flor, se mueve y se llena de pelitos cubiertos de polen.
Las abejas tienen el cuerpo peludo, y esos pelitos atrapan el polen como si fueran una brocha. Además, muchas abejas tienen unas «cestas» en las patas traseras donde guardan bolitas de polen para llevarlas a la colmena.
El regalo que la abeja deja sin querer
Aquí viene lo importante. Las plantas no pueden caminar, así que no pueden ir a buscar a otra planta para reproducirse. Necesitan que su polen viaje de una flor a otra. Ese viaje se llama **polinización**, y las abejas lo hacen sin darse cuenta.
Cuando la abeja entra en una flor, se le pega el polen en los pelitos. Cuando vuela a la siguiente flor, parte de ese polen se queda allí. Así, el polen de una planta llega a otra planta, y las flores pueden formar semillas y frutos. Sin esa visita, muchas plantas no podrían reproducirse.
Un trato en el que las dos ganan
La flor y la abeja han llegado, a lo largo de muchísimos años, a un acuerdo que los científicos llaman **mutualismo**: las dos salen beneficiadas. La flor le da comida a la abeja, y la abeja le lleva el polen a otra flor. Ninguna lo hace a propósito, pero el resultado es perfecto para ambas.
Las flores incluso han evolucionado para atraer a las abejas. Muchas tienen colores vivos y dibujos que solo se ven bien bajo la luz ultravioleta, que las abejas sí pueden ver: funcionan como pistas de aterrizaje que señalan dónde está el néctar. Otras tienen perfumes que las abejas huelen desde lejos. Y la forma de algunas flores encaja justo con el cuerpo de ciertos insectos.
Por qué nos importan tanto
Las abejas no solo ayudan a las flores silvestres: polinizan muchísimos de los alimentos que comemos. Según el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA), las abejas y otros polinizadores intervienen en la producción de alrededor de tres cuartas partes de las plantas con flor y de una parte enorme de los cultivos del mundo: manzanas, almendras, calabazas, fresas, café y muchos más dependen de que un polinizador visite sus flores.
Por eso, cuando las poblaciones de abejas bajan —por el uso de ciertos pesticidas, por la pérdida de su hábitat o por enfermedades—, no es solo un problema para las abejas. Es un problema para las plantas, para los animales que comen esos frutos y para las personas.
Qué puedes hacer tú
Ayudar a las abejas es más fácil de lo que parece. Puedes plantar flores que den néctar en tu casa o en tu escuela, dejar crecer algunas plantas silvestres en vez de cortarlas todas, y no usar productos químicos contra los insectos en el jardín. Un pequeño rincón con flores se convierte en un «restaurante» para abejas y otros polinizadores.
La próxima vez que veas una abeja en una flor, ya sabes lo que está pasando: ella desayuna y, sin querer, ayuda a que nazcan nuevas plantas y nuevos frutos. Es un trabajo en equipo que lleva ocurriendo desde hace millones de años.